SAN MARTÍN Y SU DEFENSA DE LAS ECONOMÍAS REGIONALES

En la víspera del día en que se cumplirán 167 años del fallecimiento del general José de San Martín, el 17 de agosto de 1850 en Boulogne Sur Mer, Francia, y dada la situación que en el presente están atravesando los productores en diversas provincias del país, resulta interesante destacar su defensa de las economías regionales mientras fue gobernador de Cuyo, que comprendía entonces a las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis.

Faltaba poco más de un mes para que emprendiera la gesta del Cruce de los Andes, cuando el 22 de diciembre de 1816 San Martín le dirigió un oficio al secretario de Gobierno, Vicente López, a fin de que atendiera el reclamo del teniente gobernador de San Juan, José Ignacio de la Rosa, sobre la situación económica de ese territorio: “El Supremo Gobierno conoce a fondo cuántos sacrificios ha costado a esta provincia organizar el Ejército de mi mando; que el fuerte de su comercio son los licores, y que recargado con impuestos o paralizados con la introducción extranjera declinará en la impotencia de sus recursos a una languidez irreponible”.

Dos días antes, De la Rosa se había dirigido a San Martín para referirle “la parálisis que sufren los productos locales de la provincia en todas las plazas del consumo y principalmente en la de Buenos Aires por la pujante introducción de los caldos (vinos) extranjeros sean causas que lo van conduciendo a su total ruina. He meditado sea de suma importancia indicarlo a usted para que como tan interesado en promoverla a su mayor auge, se digne transmitir su voto al Excelentísimo Supremo Directorio, exponiendo lo urgentísimo que se hace la adopción de una reforma que al paso que conduzca a minorar los dineros y erogaciones que sufraga, se carguen sobre los frutos extranjeros o se provea según lo estime más conforme a indemnizarla de sus notorios quebrantos”.

Desde que se había hecho cargo de la gobernación de Cuyo, San Martín se había ocupado de promover distintas industrias, entre ellas la del vino. Cuenta Manuel de Olazábal en sus Memorias que un día que debía cenar con él en su casa, lo encontró al General manipulando unas botellas de vino y que en cuanto lo vio, le dijo: “¿A que no adivina usted lo que estoy haciendo? Hoy tendré a la mesa a Mosquera, Arcos y a usted y a los postres pediré estas botellas, y usted verá lo que somos los americanos, que en todo damos preferencia al extranjero. A estas botellas de vino de Málaga, les he puesto ‘de Mendoza’, y a las de aquí, ‘de Málaga’”.

De Olazábal relata que “efectivamente, después de la comida, San Martín pidió los vinos diciendo: —Vamos a ver si están ustedes conformes conmigo sobre la supremacía de mi mendocino. Se sirvió primero el de Málaga con el rótulo ‘Mendoza’. Los convidados dijeron, a lo más, que era un rico vino pero que le faltaba fragancia. Enseguida, se llenaron nuevas copas con el del letrero ‘Málaga’ pero que era de Mendoza. Al momento prorrumpieron los dos diciendo: —¡Oh! Hay una inmensa diferencia, esto es exquisito, no hay punto de comparación. El General soltó la risa y les lanzó: —Caballeros, ustedes de vinos no entienden un diablo y se dejan alucinar por rótulos extranjeros. Y enseguida les contó la trampa que había hecho”.

El oficio de San Martín llegó recién en julio de 1817 hasta el director supremo Juan Martín de Pueyrredón, quien lo elevó al Congreso que hacía meses se había trasladado de Tucumán a Buenos Aires. Para entonces, el General ya estaba en plena campaña en Chile pero había instruido al diputado por Mendoza, Tomás Godoy Cruz, para que siguiera de cerca la cuestión. Pasó otro año hasta que el tema fue tratado en las sesiones del 5, 8 y 12 de junio de 1818, y fue entonces cuando se enfrentaron dos concepciones diferentes de la economía: los proteccionistas de las industrias regionales y los partidarios del librecambio.

En el debate, el diputado Godoy Cruz argumentó que los derechos percibidos por la Aduana de Buenos Aires y las demás aduanas con respecto al comercio interior provocaban el espíritu de rivalidad provincial. Sostuvo, además, que los vinos y aguardientes de Cuyo no podían competir con los importados porque estos tenían una calidad superior y porque estaban elaborados con un menor costo de producción, pero aseguró que si no entraban vinos importados por el término de 12 años, los vinos argentinos serían tan finos como los extranjeros.

Agregó, también, que la prohibición de productos extranjeros similares a los que se producían en el país era una medida que adoptaban todas las naciones del mundo que deseaban fomentar la industria nacional, y que los principios económicos reprobaban los derechos aduaneros sobre la exportación pero que los vinos que pasaban por la aduana de Buenos Aires con destino a Montevideo y a Brasil estaban recargados con aranceles de salida.

Le respondió el diputado José Malabia, representante de Charcas (hoy Sucre, Bolivia) quien aseguró que correspondía aplicar derechos de aduana sobre los vinos de Cuyo porque las sumas recaudadas acrecentaban el tesoro nacional y que los derechos que percibía la Aduana de Buenos Aires no provocaba la rivalidad con las provincias sino que aumentaba la hermandad y la unidad nacional, porque era un auxilio recíproco entre pueblos que tenían un solo tesoro público y que estaban regidos por un solo gobierno central.

Además, argumentó que impedir la entrada de los vinos extranjeros no iba a contribuir a mejorar la calidad de los vinos nacionales porque la competencia solo se estimula con la libre concurrencia, y que asegurar el mercado nada más que para los productos locales significaría introducir un factor negativo que no favorecería el refinamiento. Y lo dijo de esta forma: “La concurrencia es la única que promueve la emulación de los fabricantes, emulación que en todos tiempos y en todas las naciones han sido la causa motriz del gusto y de los progresos de la industria”.

En la sesión del 12 de junio, el Congreso decidió no hacer lugar al pedido de San Martín, ante lo que el diputado Godoy Cruz solicitó que los derechos arancelarios sobre los vinos sean inalterables para evitar que el Poder Ejecutivo los modificase ocasionando más perjuicios a los productores cuyanos.

De esta manera, una vez más triunfaron los intereses librecambistas porteños que, además, no distribuían los recursos de la Aduana en forma igualitaria con el resto de las provincias y tampoco daban prioridad a las necesidades de la guerra. De hecho, los recursos para el Cruce de los Andes y la posterior campaña para liberar al Perú provinieron de la República de Chile, entonces gobernada por Bernardo O’Higgins. El gobierno de Buenos Aires destinaba el dinero para fortalecer al ejército que combatía en contra de José Gervasio de Artigas quien, desde el Litoral, planteaba reclamos similares a los de San Martín en cuanto a la protección de la industria local y la distribución de las ganancias de la Aduana.

Esa fue la causa por la que en 1820, luego de que el Congreso sancionara una Constitución unitaria que fue desconocida por los gobernadores, cayera el poder nacional y las provincias retomaran sus autonomías. Para entonces, San Martín estaba rumbo al Perú, nación a la que libertó bajo bandera chilena.

Fuentes:

  • Documentos para la Historia del Libertador General San Martín. Tomo III. Ministerio de Educación de la Nación. Instituto Nacional Sanmartiniano y Museo Histórico Nacional. Bs. As. 1954.
  • Cuccorese, Horacio Juan. Economía y finanzas durante la época del Congreso de Tucumán. Memoria Académica. Universidad Nacional de la Plata. Facultad de Humanidades y Ciencia de la Educación. En:

http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.1027/pr.1027.pdf

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