25 DE MAYO DE 1810: LAS MUJERES REVOLUCIONARIAS

Una de las características de la enseñanza de la historia es la exclusión de las mujeres en el relato de la construcción del país. Sin embargo, los documentos y la tradición oral —que son los elementos que permiten reconstruir los hechos del pasado— que, desde el rol que cumplían en la sociedad de su época, contribuyeron tanto como los hombres en la organización y desarrollo de la República Argentina.

La Revolución de Mayo trascendió la instauración de una nueva forma de gobierno: significó un avance en la democratización de la sociedad. Si bien los ideales de “libertad, igualdad y fraternidad” que inspiraron a los revolucionarios no se tradujeron al género femenino en términos igualitarios, ellas participaron junto a los varones desde el lugar que ocupaban en la sociedad de la época.

Ese fue el caso de Casilda Igarzábal de Rodríguez Peña, quien reunió a un grupo de amigas entre ellas a las señoras de Riglos, de Lasala, de Castelli y de Agrelo, entre otras, y en la mañana del 18 de mayo de 1810 se presentaron en la casa de Juan José Viamonte, donde se intentaba convencer a Cornelio Saavedra de que había llegado el momento de la revolución.

Casilda le dijo: “Coronel, no hay que vacilar, la Patria lo necesita para que la salve. Ya sabe usted lo que quiere el pueblo, y usted no puede volvernos la espalda y dejar perdidos a nuestros maridos, a nuestros hermanos y a todos nuestros amigos”.  

Tiempo antes, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros había creado un Juzgado de Vigilancia Política para perseguir a los revolucionarios, a quienes acusó de difundir noticias falsas respecto a lo que sucedía en España y los calificó como “algunos pocos díscolos que extendiendo noticias falsas y seductivas, pretenden mantener la discordia y fomentar el espíritu de partido”.

Por eso Casilda le rogó a Saavedra que no los abandonara. Para tener una idea del estado de ánimo de los revolucionarios, una carta de José Darregueira fechada el 23 de mayo de 1810 da cuenta de lo que le sucedía a Mariano Moreno dos días antes de tomar el poder.

“Hace como dos horas que nuestro M. –escribe aludiendo a Moreno- me mandó rogar que lo viese porque lo que tenía que decirme era muy urgente y muy grave. Fui al instante y lo encontré paseándose de pared a pared por su bufete y a puerta cerrada”.

Enseguida, explica el motivo de la agitación y asegura que Moreno le dijo: “Amigo, estamos perdidos; si es cierto lo que me dicen pronto vamos a la horca, porque el poder se afirma en manos de los europeos, y lo primero que van a hacer es exterminarnos. Hemos errado el golpe. Debíamos haber dado los primeros; destituir a Cisneros y tomar el gobierno, porque el que a primero da dos veces…, pero ustedes no me han querido creer ¡y aquí nos tiene usted perdidos!”.

Moreno se refería a los sucesos del Cabildo Abierto del día anterior que terminaron con la designación del mismo Cisneros como presidente de la Junta en una maniobra que luego los revolucionarios pudieron desbaratar.

Darregueira continúa el relato y señala que Moreno le hablaba “paseándose agitado y sin darme lugar a preguntarle nada”. Después, en alusión a la designación de Cisneros al frente de la Junta, Moreno expresó: “Las primeras medidas van a caer sobre nosotros; no tardaremos en ir a las cárceles y de allí a las horcas. ¡Váyase usted por Dios! Averigüe bien lo que hay. Prevenga a Beruti y a French; y convénzase de que es preciso andar pronto, pronto. No deje de verme más tarde. Apercíbase usted de que en el bando del Cabildo se va a mandar convocar una junta o congreso general del virreinato nombrada por los jefes del interior. Ya usted comprende lo que será este congreso nombrado por nuestros enemigos, y dígame usted si nuestras vidas no están pendientes de un hilo”.

Indagado por Darregueira, Moreno confesó que la fuente de su información era el escribano del Cabildo y concluyó con esta contundente afirmación: “Yo le juro a usted que si esto no se ataja, no quiero saber de nada, ni he de salir ya de mi casa para nada. No cuenten conmigo”.

Finalmente, la Junta se estableció tal como lo querían los revolucionarios. Días después, El 7 de junio de 1810, La Gaceta de Buenos Aires publicó una resolución de la Primera Junta convocando a los vecinos a concurrir a la casa del vocal Miguel de Azcuénaga, donde se recibían las donaciones para equipar al primer ejército patrio.

Casilda figura encabezando la larga lista que fue publicando el periódico con la donación del salario de dos soldados. Contribuyeron las porteñas pero también las mujeres de las provincias. Aportaron las ricas, pero también las mujeres del pueblo y hasta las esclavas. Conmueve ver el nombre de María Eusebia Segovia, esclava, donando 1 peso fuerte “y se ofrece para servicio de cocina con dos hijos”, o el de Juana Pavón que aportó 2 pesos fuertes “que los tenía destinados para vestir, pero ha querido tener la satisfacción de cederlos para auxilios de los gastos de la expedición”.

Fuentes:

  • Carranza, Adolfo. Patricias Argentinas. Monqaut y Vázquez Millán Editores. Bs. As. 1901.
  • López, Vicente Fidel. Evocaciones Históricas. W.M. Jackson Editores. Bs. As. 1945.

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