35 AÑOS DE LA GUERRA DE MALVINAS: MUJERES OLVIDADAS

El aporte de las mujeres argentinas no suele ocupar mucho espacio en nuestra historiografía, salvo algunas excepciones. Lo mismo sucede a la hora de reivindicar a quienes arriesgaron sus vidas en la Guerra de Malvinas. Sin embargo, más de veinte mujeres participaron en la guerra, en su mayoría en calidad de enfermeras e instrumentadoras quirúrgicas, pero sólo siete pertenecientes al Ejército cobran pensiones como veteranas y algunas de la Marina Mercante que estuvieron embarcadas. La dictadura cívico-militar llegó a enviar a la guerra a algunas mujeres que entonces tenían entre 15 y 17 años.

El 9 de junio de 1982, el director del Hospital Militar Central solicitó instrumentadoras quirúrgicas y enfermeras para ayudar en el Hospital Militar de Malvinas en Puerto Argentino que se iba a montar en carpas. Se inscribieron veinte voluntarias pero sólo seis resultaron elegidas: María Marta Lemme, Susana Maza, María Cecilia Richieri, María Angélica Sendes, Norma Navarro y Silvia Barrera, todas entre 20 y 25 años tres de ellas trabajaban para el hospital del Ejército como personal civil–.

Al día siguiente, vistiendo uniforme de combate, abordaron un avión de línea en el Aeroparque Jorge Newbery con destino a Río Gallegos. Desde ahí se trasladaron en un helicóptero del Ejército hasta el puerto marítimo de Punta Quilla, y desde allí en un helicóptero sanitario SH-3 Sea King de la Armada llegaron hasta el Buque Hospital Irízar, que navegaba en alta mar.

Recién entonces recibieron alguna instrucción con pautas básicas como dónde situarse y qué hacer en caso de ataque, incendio o abandono del barco. Poco antes, el 2 de mayo, el Crucero ARA General Belgrano había sido hundido fuera de la zona de exclusión y les podía suceder lo mismo.

María Marta Lemme fue destinada al área de cirugía general; María Cecilia Richieri y Norma Navarro a traumatología; Susana Maza a cardiovascular; María Angélica Sendes a oftalmología; y Silvia Barrera a terapia intensiva. Tiempo después, Lemme relató que, por los vientos de más de cien kilómetros por hora y el fuerte oleaje, debían atarse a la camilla que estaba fijada al piso durante las cirugías.

Permanecieron durante diez días en el Irízar porque por decisión del Comandante, capitán de Fragata Luis Prado, no bajaron a tierra para reforzar la dotación del hospital de Malvinas y debieron quedarse. En ese tiempo casi no durmieron, y comieron papas y pan para evitar mareos y descomposturas.

En 1980, la Fuerza Aérea había comenzado a incorporar mujeres con el rango de cabo primero. Liliana Collino fue la única mujer que se pudo probar que pisó territorio de Malvinas, al que llegó a bordo de un Hércules C-130 en el que se transportaban contenedores y heridos. Cuatro años después de la guerra, en 1986, pidió la baja de la fuerza cansada de pedir un ascenso que nunca le otorgaron.

Otra de las mujeres que estuvo en la guerra fue Doris West, de 50 años, tripulante del buque carguero Formosa de la Marina Mercante. Es una de las pocas que cobra pensión como veterana porque el barco estuvo en la costa de las islas y recibió una bomba lanzada por un avión argentino.

La actitud de Gran Bretaña con sus mujeres veteranas fue bien diferente. Enviaron a treinta enfermeras profesionales que estuvieron en el buque hospital Uganda S.S. y hasta el Museo Imperial de Guerra mandó a la artista Linda Kitson para que retratara el conflicto. En cuanto llegaron a Londres fueron reconocidas y condecoradas.

¿Por qué el silencio respecto de las mujeres argentinas? Además de la invisibilización por su género, hubo una orden de la dictadura para que guardaran silencio. Les sugirieron expresamente que no hablaran porque ellas, mejor que ninguno, vieron las condiciones en las que volvieron los soldados. Y cuando se retornó a la democracia tampoco se acordaron de ellas. Recién el 1 de mayo de 2014 fueron invitadas a desfilar por primera vez en el aniversario del bautismo de fuego de la Fuerza Aérea.

El 16 de marzo de 2015, la senadora por La Rioja Hilda Aguirre de Soria presentó un proyecto de ley para que se rinda homenaje al personal femenino que realizó tareas en condiciones de “verdadero riesgo para su integridad física, mental y espiritual e imbuido en un heroico patriotismo”, y para que el Estado argentino les otorgue una pensión vitalicia. Además, deja constancia que los militares que les ordenaron las tareas “excedieron completamente los límites impuestos por la legislación argentina en razón de la minoridad de sus ejecutantes”. Porque los militares argentinos, además de enviar a soldados de 18 años con escasa instrucción y equipamiento, también mandaron chicas de 15, 16 y 17 años para que atendieran a los heridos.

A 35 años de la guerra, el pueblo argentino tiene también una deuda con estas mujeres que arriesgaron sus vidas. El Congreso Nacional, donde están los representantes del pueblo, puede saldarla.

 

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