ARTILUGIOS ELECTORALES SIN LA PARTICIPACIÓN DEL PUEBLO

A poco más de un mes de que venza el plazo para la presentación de las listas de precandidatos  que competirán en las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) se suceden los pases de dirigentes de una fuerza política a otra, y el oficialismo multiplica las encuestas para tratar de encontrar candidatos que midan sobre todo en la provincia de Buenos Aires donde sueña con que la oposición se fragmente, al tiempo que trata de asegurar su bastión de la Ciudad de Buenos Aires. Sin contar las operaciones en las que todo vale, desde las sábanas hasta las causas judiciales y el estrangulamiento de las provincias que no les son afines. Y todos, calculadora en mano, suman, restan y sacan porcentajes, muchas veces olvidando la opinión más importante: la de los que votan.

Si alguien supone que las componendas políticas entre dirigentes sin la participación de los ciudadanos es un mal actual, basta con retroceder un siglo y recordar la historia de Luis Sáenz Peña, fallecido el 4 de diciembre de 1907. Médico y abogado, presidente de la República en 1892 y padre de Roque, el mandatario que dos décadas más tarde asoció su apellido a la ley que transformó la política nacional, consagrando el voto secreto, obligatorio y universal.

Don Luis llegó a la Casa de Gobierno como resultado de un acuerdo entre el Partido Autonomista Nacional, liderado por el general Julio A. Roca, y la Unión Cívica Nacional, conducida por Bartolomé Mitre. En verdad, se trató de una jugada de Roca, a quien apodaban “el Zorro” porque desde su llegada al poder en 1880 manejó los hilos de la política nacional a través del “Unicato”, una suerte de partido único basado en alianzas entre dirigentes, sin participación de los ciudadanos.

Fue Roca quien señaló a su concuñado, Miguel Juárez Celman, como su sucesor en la presidencia en 1886, y fue él también quien apoyó al vicepresidente, Carlos Pellegrini, para que terminara el mandato de su pariente, que no logró superar la crisis de 1890, con Revolución del Parque incluida.

En los dos años de la presidencia de Pellegrini, Luis Sáenz Peña fue designado ministro de la Corte Suprema, y luego se transformó en la pieza de ajedrez con la que Roca le dio jaque mate a un grupo de jóvenes que cuestionaban su manera de ejercer el poder y que proclamaron a Roque Sáenz Peña como candidato presidencial para las elecciones de 1892. Fue entonces cuando “el Zorro” levantó el nombre del padre para neutralizar al hijo, y Roque decidió retirarse del combate después de dar a conocer en los diarios una carta en la que sostenía que los acuerdos personalistas sin concurso de la opinión pública estaban condenados al fracaso.

“Yo pienso —escribió— que la supresión de la lucha en la renovación de los poderes es una quimera generosa; error sincero que ha dado ya sus frutos de disolución como en otra hora los diera de anarquía; concepción perniciosa porque elimina resortes gubernamentales, porque enerva la acción de los partidos, mutilando su capacidad política, porque ataca la función del sufragio, que es la esencia de la soberanía; reducir el voto público a la mera forma aprobatoria de un pacto personal, es subvertir la más alta prerrogativa de las democracias; encadenar dos partidos por el acercamiento de dos hombres, es fundir dos fuerzas en una sola impotencia, olvidando en un momento de extravío, derechos y conquistas que no son patrimonio de ninguna individualidad”.

Después agregó: “El régimen vacila y retrocede por momentos, el país no lo tolera; ha descubierto ya que no hay prestigio válido ni digno de ser ambicionado cuando no arranca del reconocimiento nacional, tributado al mérito de los grandes rasgos o de los nobles anhelos que inspira el desprendimiento; no se llega ahí quebrando caracteres o derramando beneficios que no son recogidos por la colectividad; no son esos los lineamientos de los hombres de estado, ni de los corazones apasionados por el bien; esa es apena ficción de gloria, parodia de prestigios”.

En otro párrafo sostuvo: “Creo que la situación de la República y el pensamiento austero del gobierno exigen acercamientos necesarios, concursos indeclinables al día siguiente de la lucha; un gobierno amplio y de opinión, sustentado por la intelectualidad y la honradez, la idoneidad y el prestigio, es el único compatible con las soluciones anheladas y quien escale el poder con compromisos de círculos y con exclusiones partidistas alejando el fuerte caudal de la opinión, preparará nuevos desastres para la república, aumentando una página luctuosa al libro abierto de nuestros infortunios. (…) Yo pensaba en el acercamiento de los hombres, en el concurso imprescindible de la opinión pública, no por el acuerdo de los partidos que doblan la bandera, sino por la función de los gobiernos que no deben tener otra bandera nacional, común a los argentinos; lo que es en los partidos un síntoma de declinación, es gaje en los gobiernos de vigor y de ecuanimidad; un caso muestra enervamiento, el otro prueba la fuerza del deber apoyada en la honestidad y en la Constitución”.

Luis Sáenz Peña asumió la presidencia el 12 de octubre de 1892, pero apenas pudo gobernar tres años porque, como se lo había advertido su hijo, se vio obligado a renunciar envuelto en las peleas de las fuerzas políticas que lo habían apoyado.

Falleció 12 años más tarde, cuando faltaban apenas 5 para que Roque promulgara la ley 8871, conocida por el apellido Sáenz Peña, que marcó un hito en la vida política de la Argentina.

 

Fuente:

  • Sáenz Peña, Roque. Ideario de un Estadista. Discursos y Escritos Selectos. Prólogo de Octavio R. Amadeo y Apéndice de José Martí. W.M. Jackson Editores. Bs. As. 1947.

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