“¡BAJEN LOS PUENTES! ¡DEJEN PASAR, HIJOS DE PUTA! ¡VIVA PERÓN!

Existen cantidad de testimonios de cómo sucedieron los hechos en la histórica jornada del 17 de Octubre, fecha del nacimiento del peronismo. Pero muy pocos tan bellamente escritos como el de Blanca Luz Brum, colaboradora del coronel Juan D. Perón en el departamento de Propaganda de la secretaría de Trabajo y Previsión.

Blanca Luz fue una escritora y poeta uruguaya, con una historia que roza la leyenda. Casada con el poeta peruano Juan Parra del Riego, quien la raptó de un colegio de monjas en el que estaba internada, fue amiga y colaboradora de José Carlos Mariátegui, creador del socialismo peruano. Viuda, se casó con David Alfaro Siqueiros, el muralista mexicano, y en aquellas tierras compartieron vivienda con Frida Kahlo y Diego Rivera. Su amistad con el general Augusto Sandino le valió la persecución del Partido Comunista de México que terminó con su separación del pintor. Conoció a Perón en 1944, en ocasión de realizarle un reportaje para ser publicado en un diario chileno. Desde entonces se incorporó en la oficina de Propaganda en la secretaría de Trabajo y Previsión, y participó en forma activa del 17 de octubre. En 1972, con motivo del regreso de Perón a la Argentina, escribió el libro En brazos de su pueblo regresa Perón, donde incluyó este relato de la histórica jornada de 1945.

“Fue un amanecer limpio y puro el de ese 17 de Octubre, cuando desperté y asomándome al balcón de mi departamento ubicado en Rodríguez Peña 1533 respiré hondamente y me dije: ‘así debe ser de limpio este día’.

Inmediatamente me dispuse para pasar revista a los compañeros peronistas pertenecientes a diferentes ramas sindicales, que noche a noche y hasta el amanecer trabajaban organizando el Gran Día. Entre ellos se encontraban periodistas, que habían pertenecido a diferentes órganos del Gobierno y oficinas de informaciones y prensa, todos ellos reunidos en pequeños departamentos del centro de Buenos Aires. Previamente les habíamos procurado alimentos y botiquines para primeros auxilios, para el caso de tener que afrontar varios días de huelga o una permanencia obligada dada las circunstancias anormales que estábamos viviendo.

Sería largo de contar, las argucias de que tuve que valerme para llegar a ellos y salir de mi departamento vigilado y de los diferentes disfraces que hube de usar. Estos trajines se llevaban a cabo a horas muy tempranas del día, a fin de recoger las resoluciones y acuerdos tomados en la noche, y que eran transmitidos por mí a los contactos peronistas del ejército y la policía. Uno de los más importantes entre ellos, era sin duda el teniente Cialceta, el mismo que recibió a nuestro líder en Paraguay cuando hubo de partir al destierro años después”.

Refiriéndose a los lugares donde se reunían, señala que “a esos mismos departamentos llegaban los enviados de provincia, y partían veloces con los acuerdos, desafiando el acecho de los perseguidores, apretando contra sus pechos aquella consigna concreta y seca como una bala: HUELGA GENERAL”.

Enseguida recuerda al teniente coronel Domingo Mercante, a quien señala como uno de los más importantes contactos peronistas dentro del Ejército. Cuenta que a Mercante se le iluminaba la cara cuando la visitaba, a veces acompañado por Evita, quien casi no le dirigía la palabra. Y en contra de las más recientes versiones historiográficas que sostienen que Eva Duarte no tuvo participación alguna durante la jornada del 17 de Octubre, Blanca Luz asegura que fue ella quien propuso que los ferrocarriles no corrieran el 17, “pero fui yo quien sugirió que tenían que detenerse a las doce de la noche”. Al describir el lugar que le asignaron para aquel día, afirma que le tocó participar en el comando apostado en las márgenes del Riachuelo que debía observar los movimientos de las embarcaciones que iban y venían de la isla Martín García. Respecto de Eva, señala que fue Mercante quien decidió que recorriera los barrios arengando a los compañeros.

El relato de Blanca Luz de aquel histórico día merece no ser interrumpido:

“Caminé hacia los puentes que unen a la ciudad con los barrios obreros de los frigoríficos constatando que el pueblo de Berisso y Avellaneda se encontraba impedido de avanzar hacia la ciudad ante los puentes alzados por la policía. Un escalofrío de terror me estremeció al ver apostado allí al poderoso Escuadrón de la Policía Federal compuesto por hombres de rostros oscuros y feroces, imponentes y rígidos dentro de sus uniformes negros, montados en caballos relucientes, que escarceaban nerviosos, golpeando con sus cascos el empedrado. Vi cómo saltaban las chispas de las piedras. Vi el brillo de los sables, de las balas y de los revólveres, sobre los que se apoyaban las manos listas para disparar.

Miré hacia la otra orilla del río y un espectáculo inolvidable golpeó mi sangre, llenándome los ojos de lágrimas. Miles de seres humanos, hombres, mujeres y niños, sacudían los terribles puentes de hierro como tratando de derribarlos, tenderlos de orilla a orilla, eran los aguerridos obreros peronistas de esos históricos reductos laborables que no estaban dispuestos a quedar marginados de la gran batalla que se iba a librar ese día, que no estaban dispuestos a quedarse llorando de impotencia, separados de los que a esa misma hora invadían la ciudad con su tremendo clamor.

Arreciaban las amenazas, los gritos, las palabras soeces: ¡BAJEN LOS PUENTES!… ¡BAJEN LOS PUENTES!… ¡DEJEN PASAR, HIJOS DE PUTA! ¡VIVA PERÓN!… ¡VIVA PERÓN!

Los soldados seguían impasibles con sus rostros hieráticos y sus carabinas balas en boca.

De pronto el pueblo se lanzó a las aguas para llegar a la ciudad nadando, otros tomaban botes que desbordaban de mujeres y niños, se les veía enardecidos y furiosos desafiando al siniestro escuadrón dispuestos a ganar la orilla y entrar a la ciudad a cualquier precio.

Pero algo pasó entonces, algo inesperado y grande, la imprevista, la misteriosa reacción que en determinados momentos decide la actitud del ser humano. Aquel oficial, que yo había tratado de ubicar, el jefe del Escuadrón, al ver el arrojo, el heroísmo de aquella muchedumbre incontenible y dando libertad a su propio sentimiento oculto, desenvainó resueltamente el sable y agitándolo en alto gritó con todas sus fuerzas: ¡VIVA PERÓN!, que como un eco lo repitió pareciendo un alarido salvaje cada soldado, al mismo tiempo que enarbolaban sus sables en señal de solidaridad. Entonces, el jefe dio una sola orden: ¡BAJEN LOS PUENTES, PARA QUE PASE EL PUEBLO!”

Blanca Luz Brum

Fuente:

Bellotta, Araceli. Las Mujeres de Perón. Editorial Planeta. Bs. As. 2005.

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