BELGRANO: EL PRIMER ECOLOGISTA DEL RÍO DE LA PLATA

El próximo 20 de junio, igual que desde hace 79 años, celebraremos el Día de la Bandera Nacional, porque así lo dispuso el Congreso Nacional en 1938, por la ley 12.361, con el propósito de rendir un homenaje a su creador, Manuel Belgrano, quien falleció en esa fecha en 1820.

Si bien éste fue uno de los hechos más destacables entre los aportes que Belgrano hizo a los argentinos, no menos lo fueron sus ideas que, tal vez, por centrar el homenaje en la creación de la enseña patria, quedaron relegadas en el conocimiento de la mayoría.

Es sabido que Belgrano nació en Buenos Aires, el 3 de junio de 1770, y durante su juventud fue enviado a España a cursar estudios de Derecho, donde se graduó de abogado en la Universidad de Salamanca. Cuando regresó contaba no solamente con el título de abogado, sino que además dominaba cuatro idiomas, y había quedado marcado por las nuevas propuestas de la Revolución Francesa de 1789 de la que fue testigo. De vuelta en Buenos Aires, se incorporó como secretario en el Consulado, una institución virreinal dedicada a la agricultura, la industria y el comercio en el Río de la Plata. Desde ese cargo, escribía Memorias anuales, con reflexiones y consejos para el mejor desarrollo de estas tierras.

En 1796, es decir hace más de 200 años, dedicó buen espacio a abogar por la defensa del medio ambiente, convirtiéndose en el primer ecologista de la Argentina y de la América del Sur: “No se debe menos atención a los Montes. Es indispensable poner todo cuidado y hacer, los mayores esfuerzos en poblar la tierra de árboles, mucho más en las tierras llanas, que son propensas a la sequedad cuando no están defendidas; la sombra de los árboles contribuye mucho para conservar la humedad, los troncos quebrantan los aires fuertes, y proporcionan mil ventajas al hombre; así es que conocidas en el día en Europa, se premia a todos los que hacen nuevos plantíos, señalando por cada árbol que se da arraigado un tanto”.

Después agregó: “Tal es en algunos cantones de Alemania que no se puede cortar árbol ninguno, por propio que sea, para los usos de carpintería, sin antes haber probado que se ha puesto otro en su lugar; añadiendo a esto que ningún habitante de la campaña puede casarse sin presentar una certificación de haber comenzado a cultivar un cierto número de árboles; también asegura, y me es notorio, que en Viscaya hay mucho cuidado para que todo propietario que corte un árbol ponga en su lugar tres”.

En tiempos en que en los campos no existían los alambrados, propuso: “Se podía principiar cercando las heredades o posesiones con los mismos árboles, particularmente las que se destinan para sembrar. Las utilidades que resultan de este método son notorias, y se han adoptado en Inglaterra, Alemania y demás países de Europa, incluyéndose igualmente parte de la España que es la Viscaya. Los cercos seguramente contribuyen a la fertilidad del terreno, defienden en mucha parte de los grandes vientos, y hacen que se mantenga algún más tiempo la humedad; siendo de árboles como propongo, pueden franquear leña a los dueños para sus necesidades y frutas en los tiempos que la naturaleza las dispensa, y además con el tiempo podremos tener maderas en abundancia para nuestros edificios y demás usos, y acaso hacer el servicio de la Metrópoli y el comercio de presentarles modos de tener buques a su servicio”.

Por último, incluyó esta reflexión que todavía sirve para el presente: “Bien veo que éstas parecerán ideas aéreas a muchos de aquellos que no han detenido su reflexión para meditar, y que solo aspirando a lograr las utilidades por sí, no han pensado en dejar a sus sucesores medios de que encuentren su bienestar. Ciertamente no nos cansaríamos en proponerlas si nuestros antepasados hubiesen mirado por nosotros, y lo que es más si los que aún existen se hubieran aplicado por mera diversión, al menos a algunos ramos de la agricultura. Pero no, señores, sólo se ha cultivado superficialmente una pequeña parte del terreno que rodea nuestras habitaciones, y sin atender a que los frutos de la tierra son la principal riqueza, sólo se ha pensado que el dinero era la verdadera; así es que a la plata y oro se han pospuesto infinitos otros medios más útiles a la humanidad en un país todo agricultor, como es el que habitamos”.

Ojalá que las próximas generaciones de argentinos no nos reprochen a nosotros lo mismo que Manuel Belgrano cuestionó a sus antepasados hace más de dos siglos atrás.

Fuente:

– Belgrano, Manuel. Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio en un país agricultor. Memoria leída por Belgrano en la sesión del Consulado de Buenos Aires, 15 de julio de 1796. En Belgrano, Manuel. Autobiografia y escritos económicos. Estudio Preliminar de Felipe Pigna. Emecé. Bs. As. 2009

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