BELGRANO: EL TRABAJO Y LA FELICIDAD DEL PUEBLO

Los argentinos no conocemos demasiado el pensamiento de Manuel Belgrano. Sabemos que fue abogado, que por puro patriotismo tomó las armas y terminó siendo general del Ejército, que creó la Bandera y que murió pobre y olvidado. En este reportaje imaginario, en el que no se alteró ni una sola palabra de sus escritos, Belgrano se refiere a la promoción de la agricultura, la industria y el comercio. Al trabajo como el generador de felicidad, y a la necesidad de terminar con los monopolios y evitar que la propiedad de la tierra quede en pocas manos.
P.d.H.: General, háblenos de sus ideas.
M.B.: Como en la época de 1789 me hallaba en España y la revolución deFrancia hiciese también la variación de ideas, y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y solo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido, y aún las mismas sociedades habían acordado en su establecimiento directa o indirectamente.
P.d.H.: Y cuando regresó de Europa se incorporó al Consulado de Buenos
Aires.
M.B.: Desde el principio de 1794 pasé mi tiempo en igual destino haciendo esfuerzos impotentes a favor del bien publico, pues todos, o escollaban en el gobierno de Buenos Aires o en la Corte, o entre los mismos comerciantes, individuos que componían este cuerpo para quienes no había más razón, ni más justicia, ni más utilidad ni más necesidad que su interés mercantil; cualquiera cosa que chocara con él encontraba un veto, sin que hubiese recurso para atajarlo.
P.d.H.: ¿Por qué se oponían a su pensamiento?
M.B.: Escribí varias memorias sobre la planificación de escuelas. La escasez de pilotos (de navegación) y el interés que tocaba tan de cerca a los comerciantes, me presentó circunstancias favorables para el establecimiento de una escuela de matemáticas, que conseguí a condición de exigir la aprobación de la Corte, que nunca se obtuvo y que no paró hasta destruirla. Porque aún los españoles, sin embargo de que conociesen la justicia y utilidad de estos establecimientos en América, francamente se oponían a ellos, errados, a mi entender, en los medios de conservar las colonias. (…) Ni éstas ni otras propuestas a la Corte, con el objeto de fomentar los tres importantes ramos de agricultura, industria y comercio, de que estaba encargada la corporación consular, merecieron la aprobación; no se quería más que el dinero que produjese el ramo destinado a ella; se decía que todos estos establecimientos eran de lujo y que Buenos Aires todavía no se hallaba en estado de sostenerlos.
P.d.H.: ¿Cuáles eran sus propuestas?
M.B.: Fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio.
(…) Nadie duda que un estado que posea con la mayor perfección el verdadero cultivo de su terreno; en el que las artes se hallan en manos de hombres industriosos con principios, y en el que el comercio se haga con frutos y géneros suyos es el verdadero país de la felicidad, pues en él se encontrará la verdadera riqueza, será bien poblado y tendrá los medios de subsistencia y aún otros que la servirán de pura comodidad.
P.d.H: ¿Usted hablaba de la felicidad del pueblo?
M.B.: Qué más digno de la atención del hombre que la felicidad de sus semejantes; que ésta se adquiere en un país cuando se atiende a sus circunstancias y se examinan bien los medios de hacerlos prosperar, poniendo en ejecución las ideas más bien especuladas, nadie duda.
P.d.H.: ¿Y por qué tanta oposición a sus propuestas?
M.B.: ¡Ah! Señores, es preciso confesar que el mal ha estado y está en nosotros mismos, y que los pudientes no han hecho más que el comercio de Europa, retornando los cueros sin atender a otros ramos ni mirar que la tierra bien o mal empleada, el cultivo de las tierras bien o mal dirigido, deciden de la riqueza o indigencia no solo de los labradores, sino también en general de todas las clases de un estado en que el comercio y el bien más real dependen escencialmente de las producciones de la tierra.
P.d.H.: ¿Usted era partidario de fomentar nada más que la agricultura?
M.B.: Las artes y las fábricas deben fomentarse para que el labrador tenga un recurso con que pueda atender a sus necesidades si se aplica. Todo el mundo sabe que en el año hay muchos meses en que no tiene necesidad de atender el cultivo, y en este tiempo debería destinarse a algún ramo de industria que pudiese sacar su subsistencia, y que le proporcionase otras muchas comodidades con que pudiese hacer su vida agradable y evitar la ociosidad, origen de todos los males en la sociedad.
P.d.H.: ¿Había falta de trabajo en su tiempo?
M.B.: He visto con dolor sin salir de esta capital una infinidad de hombres ociosos en quienes no se ve otra cosa que la miseria y la desnudez; una infinidad de familias que solo deben su subsitencia a la feracidad del país, que está por todas partes denotando la riqueza que encierra, esto es la abundancia. Esos miserables ranchos donde ve uno la multitud de criaturas que llegan a la pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto.
P.d.H.: ¿Cómo debía ser esa atención?
M.B.: La lana es bien abundante en este país, el algodón del Paraguay, Chaco,
etc. Otras infinitas materias primeras que tenemos y podemos tener con nuestra industria, pueden proporcionar mil medios de subsistencia a estas infelices gentes que, acostumbradas a vivir en la ociosidad, como llevo expuesto, desde niños, les es muy penoso el trabajo en la edad adulta o resultan unos salteadores o unos mendigos; estados seguramente deplorables que podían cortarse si se les diese auxilio desde la infancia proporcionándoles una regular educación, que es el principio de donde resultan ya los bienes y los males de la sociedad. Uno de los principales medios que se deben adoptar a este fin son las escuelas gratuitas donde pudiesen los infelices mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción. Allí se les podría dictar buenas máximas e inspirarles el amor al trabajo, pues en un pueblo donde no reine éste, decae el comercio y toma su lugar la miseria, las artes que producen la abundancia, que les multiplica después en recompensas perecen y todo, en una palabra, desaparece cuando se abandona la industria porque se cree que no es de utilidad alguna.
P.d.H.: Muy bien, pero una vez educados deben crearse fuentes de trabajo.
M.B.: El establecimiento de un fondo con destino a socorrer al labrador ya al tiempo de las siembras, como al de la recolección de frutos, ¿quién podrá negar que es uno de los principales fomentos que se pueden proporcionar a la agricultura y podrá alguno dudar de las ventajas que resultarán de él, sin más que el labrador beneficiado vuelva en grano al corriente de la plaza la cantidad que se la franquee? No, ciertamente, yo espero que por aclamación se adopte este pensamiento para evitar los grandes monopolios que en esta parte tengo noticias se ejecutan en esta capital, por aquellos hombres que desprendidos de todo amor hacia sus semejantes solo aspiran a su interés particular, y nada les importa el que la clase más útil del estado, o como dicen los economistas, la clase productiva de la sociedad, viva en la miseria y desnudez que es consiguiente a estos procedimientos tan repugnantes a la naturaleza, y que la misma religión y leyes detestan.
P.d.H.: Pero junto con la eliminación de los monopolios habría que resolver la propiedad de la tierra.
M.B.: La falta de propiedades de los terrenos que ocupan los labradores, éste es el gran mal de donde provienen todas sus infelicidades y miserias, y de que sea la clase más desdichada de estas provincias, debiendo ser la primera y más principal que formase la riqueza real del Estado, riqueza constante y valedera, que el hombre no puede destruir. Sí, la falta de propiedad trae consigo el abandono, trae la aversión a todo trabajo; porque el que no puede llamar suyo lo que posee y que en consecuencia no puede disponer, que está expuesto a que le hagan perder sus anticipaciones de toda especie; que no puede consolarse que al cerrar los ojos deja un establecimiento fijo a su amada familia, si no mira con tedio el lugar ajeno que la indispensable necesidad le hace buscar para vivir, cuando menos lo ve con indiferencia. (…) No ha habido quien piense en la felicidad del género humano, que no haya traído a consideración la importancia de que todo hombre sea un propietario, para que se valga a sí mismo y a la sociedad, por eso se ha declamado tan altamente a fin de que las propiedades no recaigan en pocas manos, y para evitar que sea infinito el número de no propietarios: ésta ha sido materia de meditaciones de los sabios economistas en todas las naciones ilustradas, y a cuyas reflexiones han atendido los gobiernos, conociendo que es uno de los fundamentos principales, sino el primero, de la felicidad de los Estados.
P.d.H.: Pero hoy la tierra está en muy pocas manos en relación a la población
​que no la posee y que podría explotarla.
M.B.: Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria, y esto lo hemos de conseguir si se les dan propiedades, o donde no se pueda ejecutar porque no hay derecho a quitársela a quien las tiene, al menos que se les den las tierras en enfiteusis. (…) Pero todavía hay más, que se podría obligar a la venta de terrenos que no se cultivan, al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían plantaciones por los propietarios y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña, cuyos habitadores están rodeados de grandes propiedades y no tienen ni en común ni en particular ninguna de las gracias que les concede la ley, motivo por el que no adelantan; pues no hay el aliciente poderoso de la propiedad que llame a nuestros infelices conciudadanos a ellas. (…) Tendremos que las propiedades serán más repartidas, y que nuestros labradores saldrán del estado infeliz en que yacen, con ventajas indecibles para la causa pública.

Fuentes:

  • Belgrano, Manuel. Autobiografía del general don Manuel Belgrano, que comprende desde sus primeros años (1770) hasta la Revolución del 25 de Mayo. En Belgrano, Manuel. Autobiografía y escritos económicos. Estudio preliminar de Felipe Pigna. Emecé. Bs. As. 2009.
  • Belgrano, Manuel. Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio en un país agricultor. Memoria leída en el Consulado de Buenos Aires. 15 de junio de 1796. En Belgrano, Manuel. Autobiografía y escritos económicos. Estudio preliminar de Felipe Pigna. Emecé. Bs. As. 2009.
  • Belgrano, Manuel. Agricultura. Correo de Comercio de Buenos Aires. 10 de marzo de 1810. En Belgrano, Manuel. Autobiografía y escritos económicos. Estudio preliminar de Felipe Pigna. Emecé. Bs. As. 2009.

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