CUANDO LOS PARTIDOS DEBEN ENFRENTAR A LOS RECURSOS DEL GOBIERNO

Tras el hallazgo de un cuerpo en el río Chubut a 300 metros de donde se lo vio por última vez a Santiago Maldonado, desaparecido tras la represión de la Gendarmería a la comunidad mapuche de la Pu Lof de Cushamen, los principales candidatos anunciaron el fin de la campaña política en vistas a las elecciones del próximo domingo. Sin embargo, la gobernadora María Eugenia Vidal que no es candidata en estos comicios, siguió deambulando por los programas de televisión.

Tanto la Gobernadora como el Presidente de la Nación participaron en primer plano en la campaña electoral naturalizando un recurso que, si bien todos los gobiernos utilizaron desde el regreso a la democracia en 1983, no lo hicieron de forma abierta para evitar el cuestionamiento del uso de los arbitrios del Estado para favorecer a sus candidatos en detrimento de los demás. Por esa razón, el anterior gobierno fue duramente criticado cuando para las elecciones de 2009 en la provincia de Buenos Aires incorporó a sus boletas las candidaturas testimoniales de intendentes y del gobernador. Esta vez, en cambio, no se oyeron objeciones.

Quien lo explica con mucha claridad es el ex presidente Roque Sáenz Peña, impulsor de la ley 8.871 del voto secreto y obligatorio, con el discurso que dirigió a todo el país al promulgar la nueva norma electoral:

“Las agrupaciones gubernistas las reputo tan legítimas como las opositoras. El defecto no radica en que los partidos apoyen a los gobiernos, sino en que los gobiernos derroten a los partidos con los vastos elementos de la administración. Esta influencia no debe pesar. Los partidos de opinión deben juzgarla innecesaria. Los partidos de principios deben sentirle incompatible. Los gobiernos deben calcular la intensidad de sus complicaciones.

Pero ¿cuál es la divisoria de lo lícito y lo ilícito en la expansión de los ejecutivos? La frontera es difícil de descubrir, pero indudablemente hay una línea. Ni el gobierno ha de ser el comité, ni el comité se ha de vaciar en la administración. Yo espero de los señores gobernadores, no sólo el cumplimento de la ley, sino la influencia moral que me coloque con ellos en la misma comunión patriótica. Tengo confianza en sus declaraciones, y no creo que haya faltado a mi palabra fuerza comunicativa ni virtudes convincentes, por lo mismo que se inspira en un real desprendimiento. La representación nacional no puede ser la expresión de los gobernadores, sino la de los partidos libremente manifestada.

Dentro de mis convicciones, he evitado la formación de círculos presidenciales que, caros al afecto del gobernante, limitan en su visión las grandes líneas, y más de una vez deforman, al calor de la amistad, la sensación del interés general. Yo bien sé que tales núcleos son gratos al mandatario y que haciendo desahogada su gestión normal constituyen para las horas difíciles muy apreciables apoyos. Pero estas ventajas pesan menos en mi espíritu que la certeza de saber imposibles a las demás agrupaciones vencidas y desalentadas de antemano, si han de encontrar a su frente a los partidos oficiales con el presidente a la cabeza.

No es que me falten vínculos y afectos; los conservo y muy intensos y les consagro toda mi consecuencia, pero no me creo merecedor de reproches por amar colectivamente a mi país más que individualmente a mis amigos.

(…) Para que todos los ciudadanos se sientan garantizados y ninguna bandera deserte la lucha, atribuyéndose posición desventajosa, es menester que los gobiernos se coloquen sobre los partidos.

(…) Sean los comicios próximos y todos los comicios argentinos, escenarios de luchas francas y libres, de ideales y de partidos. Sean anacronismos de imposible reproducción tanto la indiferencia individual como las agrupaciones eventuales, vinculadas por pactos transitorios. Sean, por fin, las elecciones la instrumentación de las ideas.

He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario. Quiera votar”.

Roque Sáenz Peña. 28 de febrero de 1912.

Fuentes:

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