DEUDA EXTERNA: EL REGRESO DE DON BERNARDINO

El gobierno nacional autorizó la colocación de bonos hasta 20 mil millones de dólares para lo que estableció como jurisdicciones de litigio a los tribunales de Estados Unidos y Gran Bretaña, y no excluyó a los recursos naturales como bienes inembargables. El decreto 334/2017 fue publicado en el Boletín Oficial con la firma de la vicepresidenta a cargo del Ejecutivo, Gabriela Michetti, el jefe de Gabinete, Marcos Peña y el ministro de Finanzas, Luis Caputo.

Desde su asunción el 10 de diciembre de 2015, el gobierno en solo un año y medio tomó 81 mil millones de dólares de deuda, casi el doble de lo que la dictadura de 1976 en seis años, y los estudios económicos indican que por cada dólar que entró al mercado interno para invertir en actividades productivas, otros 5 dólares ingresaron para la especulación financiera.

El hábito del endeudamiento, de la bicicleta financiera y de colocar los recursos naturales como garantía nació casi junto con la Patria, al mismo tiempo que la burguesía porteña selló su alianza con la alta banca británica allá por los comienzos de 1820, cuando la política del Imperio Británico invadió a la América del Sur. Porque entre 1824 y 1826, luego de aceptar el reconocimiento a las nuevas naciones de América, Inglaterra colocó alrededor de diez empréstitos en distintos países de Hispanoamérica, además del de Buenos Aires.

Pero antes de colocar el empréstito, en el Río de la Plata se preparó la estructura financiera. En 1822, con el impulso de Bernardino Rivadavia como ministro del gobernador Martín Rodríguez, se creó el Banco de Descuentos con forma de sociedad anónima y con la facultad de emitir moneda. La mayoría de los accionistas eran comerciantes ingleses y fueron quienes tuvieron a cargo la emisión monetaria  en la capital porteña.

¿Cómo se conformó esa entidad financiera? El Banco recibía depósitos y los mismos accionistas obtenían préstamos descontando pagarés a sola firma para cancelarlos recién al vencimiento. Con esa plata los accionistas integraban las acciones, es decir, con dinero del propio Banco.  El procedimiento era que los comerciantes ingleses eran reconocidos como accionistas por el Banco y a la vez ellos reconocían una deuda con la entidad. Cuando llegaba el vencimiento de esas letras, descontaban nuevos documentos a sola firma, y por estos créditos que se les adelantaba contra pagarés, abonaban el 9% anual. Pero como el Banco —por otras operaciones en diferentes negocios— obtuvo entre el 15 y el 19% de utilidad, se las pagó a los accionistas como dividendos. Con este dinero podían saldar los intereses y amortizar parcialmente la deuda. Es decir, en poco tiempo y sin dinero, se habían convertido en dueños del banco.

Cuando en 1826 el Banco de Descuentos quebró, se transformó en Banco Nacional, una entidad mixta con una importante financiación estatal de la Nación y las provincias, y también participación de los comerciantes, en su mayoría británicos. Se estipuló que toda acción antigua perteneciente al quebrado Banco de Descuentos que se valorizaba a 10 pesos, sería reconocida por un valor de 140 pesos cuando fueran canjeadas por las nuevas acciones del Banco Nacional, es decir, que quienes tenían esas acciones obtuvieron un 40% de ganancia.

Para entonces el empréstito concertado con la financiera británica Baring Brothers ya se había concretado. Baring debía entregar al gobierno de Buenos Aires un millón de libras esterlinas, pero el acuerdo la facultó a prestar 700 mil, aunque el endeudamiento era por el total. La entidad británica retuvo de antemano su comisión y pagó la que correspondía a los comisionistas porteños que constituyeron por su cuenta una sociedad para este fin. Los socios fueron Braulio Costa, Félix Castro, Miguel de Riglos, Juan Pablo Sáenz Valiente y los hermanos Parish Robertson, todos accionistas del Banco de Descuentos, que se llevaron 120 mil libras por su intervención.

Una vez descontadas las comisiones y los gastos, debía enviar al Río de la Plata 500 mil libras que nunca llegaron. Porque la casa Baring no mandó el oro, sino que emitió letras giradas a los comerciante del Plata, que no eran otros que los comisionistas antes nombrados, y a los que el Banco de Descuentos, que ellos mismos integraban, les garantizaba el pago. Esas letras nunca fueron pagadas y cuando el Banco de Descuentos se transformó en Banco Nacional se llevó como capital esas letras inservibles.

Aquí es donde empiezan a jugar las riquezas naturales. La Baring hizo el préstamo sabiendo que el gobierno de Buenos Aires no iba a poder devolverlo de inmediato. Para asegurarse el cobro con una garantía sugirió la enfiteusis, es decir, la utilización de la tierra sin transmisión de propiedad a cambio del pago de un canon. De esta forma, no solo se obtenían recursos fiscales que garantizaban el pago del empréstito, sino que además se inmovilizaba la tierra pública que no podía ser vendida. Esta fue la garantía hipotecaria que obtuvo la Casa Baring a las que sumó las riquezas mineras del interior cuando las provincias debieron aportar para constituir el capital del Banco Nacional. Para aquel tiempo, casi toda la tierra argentina quedaba hipotecada. De esta manera, se disimuló la colocación de tierra pública como garantía del endeudamiento.

El empréstito Baring siguió su curso con otros actores pero siempre con el mismo espíritu e idéntico perjuicio para los intereses nacionales. Se canceló recién en 1904 y se pagó 8 veces más del valor inicial que, como se vio, se diluyó entre comisiones, negociados y bicicletas financieras.

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