EL GENERAL SAN MARTÍN Y EL MALTRATO A MILAGRO SALA

En el día del 167º aniversario del fallecimiento del general José de San Martín, el 17 de agosto de 1850 en Boulogne Sur Mer, Francia, y ante la decisión de la justicia de Jujuy de conceder la prisión domiciliaria a la dirigente social y diputada del Parlasur, Milagro Sala, resalta el contraste con la actitud que tuvo el Libertador con los detenidos en las cárceles cuando llegó a Mendoza y luego a Lima, Perú, hace dos siglos atrás.

Milagro Sala debe estar en libertad de acuerdo a nuestros procedimientos procesales y a los dictámenes de los organismos internacionales. Sin embargo, el juez no la dejó en libertad y ordenó que se alojara no en su propio domicilio sino en una casa a 20 kilómetros de la ciudad en la que no hay luz, agua ni sanitarios.

El 25 de marzo de 1816, el gobernador intendente de la Provincia de Cuyo, coronel mayor José de San Martín, dirigió un oficio al Cabildo de Mendoza en el que señaló: “Me ha conmovido la noticia que acabo de oír, de que a los infelices encarcelados no se les suministra sino una comida cada veinticuatro horas. Le transmito a V.S. sin embargo del feriado para que penetrado de iguales sentimientos propios de su conmiseración, se sirva disponer se les proporcione cena a horas que no altere el régimen de la cárcel. Aquel escaso alimento no puede conservar a unos hombres, que no dejan de serlo, por considerarles delincuentes”.

Y luego aclaró: “Muchos de ellos sufren un arresto precautorio solo en clase de reos presuntos”.

Las cárceles —continuó— no son un castigo sino el depósito que asegura al que deba recibirlo. Y ya que las nuestras por la estúpida educación española están muy lejos de equipararse a la policía admirable que brilla en las de los países cultos, hagamos lo posible por llegar a imitarles”.

Por último, San Martín concluyó el oficio con esta sentencia: “Conozca el mundo que el genio americano abjura con horror las crueles actitudes de sus antiguos opresores, y que el nuevo aire de libertad que empieza a respirarse, extiende un benigno influjo a todas las clases del Estado”.

La misma actitud repitió cuando asumió como Protector del Perú, luego de libertar a esa nación. Según informó la Gaceta del Gobierno del 15 de octubre de 1821, San Martín dispuso hacer “una visita general de cárceles y al efecto ordenó que los juzgados, así civiles como militares, le presentasen listas individuales de todos los presos y del estado de sus causas, con esclarecimiento de los delitos que habían ocasionado su separación de la sociedad, y sobre las consideraciones que podían influir en su libertad”.

El diario da cuenta de que ese día San Martín se reunió con los ministros de Estado, el presidente de la Alta Cámara de Justicia, los fiscales, abogados, procuradores, los alcaldes, el auditor de guerra y jueces de primera instancia para visitar las dos cárceles principales, mirando detenidamente cada una de las causas de los prisioneros, y aseguró que “examinando el estado de las causas pendientes y oídas las reclamaciones y exposición de los delincuentes, varios fueron puestos en libertad, otros aliviados de sus prisiones y S.E. ordenó que todas las causas concluyesen dentro del término de 20 días”.

Por decreto del 16 de octubre de 1821, dispuso la abolición de la pena de azotes, y en otro decidió eliminar “para siempre toda especie de tormento y mandando que jamás se hiciera uso de los horrendos calabozos, conocidos como infiernillos, donde se sepultaban, se desesperaban y morían los hombres bajo el anterior gobierno español”.

Pese a que su gestión en el Perú duró apenas 1 año y 17 días, San Martín tuvo tiempo para dejar en Perú un Reglamento Carcelario de 20 artículos que, el 23 de marzo de 1822, firmó su ministro Bernardo de Monteagudo.

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