EVITA HABLA DE LOS POLÍTICOS AMBICIOSOS

Hace 65 años, desde su lecho de enferma y cuando los dolores se lo permitían, Eva Perón dictó su último texto al que tituló Mi Mensaje. El escrito completo permaneció desaparecido durante décadas. Sólo se conocía el fragmento que el entonces presidente Juan D. Perón leyó el 17 de octubre siguiente a la muerte de Eva referido a su último deseo respecto de sus bienes. Fue recién en 1987 cuando una versión mecanografiada llegó a una casa de remates, la que decidió consultar al historiador Fermín Chávez, quien dictaminó su veracidad y declaró que “el mensaje póstumo de Evita tiene un valor extraordinario, entre otras cosas porque los historiadores lo dábamos por irremisiblemente perdido, destruido o extraviado durante las circunstancias que envolvieron el golpe militar gorila de septiembre de 1955”.

En estos tiempos en los que abunda la llamada “post verdad”, que no es otra cosa que la mentira, Evita dedica su último mensaje “para ellos, para mi pueblo y para todos los pueblos de la humanidad es Mi Mensaje. Ya no quiero explicarles nada de mi vida ni de mis obras. No quiero recibir ya ningún elogio. Me tienen sin cuidado los odios y las alabanzas de los hombres que pertenecen a la raza de los explotadores. (…) Quiero decirles la verdad que nunca fue dicha por nadie, porque nadie fue capaz de seguir la farsa como yo, para saber toda la verdad. Porque todos los que salieron del pueblo para recorrer mi camino no regresaron nunca. Se dejaron deslumbrar por la fantasía maravillosa de las alturas y se quedaron para gozar de la mentira”.

En este fragmento, Eva se refiere a los políticos ambiciosos:

“Enemigos del pueblo son también los ambiciosos. Muchas veces los he visto llegar hasta Perón, primero como amigos mansos y leales, y yo misma me engañé con ellos, que proclamaban una lealtad que después tuve que desmentir.

Los ambiciosos son fríos como culebras pero saben disimular demasiado bien. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás sino a sus intereses personales. Yo los he perseguido en el movimiento peronista y los seguiré persiguiendo implacablemente en defensa del pueblo.

Son los caudillos.

Tienen el alma cerrada a todo lo que no sean ellos. No trabajan para una doctrina ni les interesa el ideal. La doctrina y el ideal son ellos. La hora de los pueblos no llegará con ningún caudillo porque los caudillos mueren y los pueblos son eternos.

Por eso es grande Perón, porque no tiene otra ambición que la felicidad de su pueblo y la grandeza de su Patria. Y porque ha creado una doctrina —una doctrina es un ideal— para que su pueblo siga su doctrina y no su nombre.

(…) Los caudillos en cambio, los ambiciosos, no tienen doctrina porque no tienen otra conducta que su egoísmo. Hay que buscarlos y marcarlos a fuego para que nunca se conviertan en dueños de la vida y las haciendas del pueblo. Yo los he conocido de cerca y de frente, y algunas veces incluso me han engañado, por lo menos momentáneamente.

Hay que identificarlos y hay que destruirlos. La causa del pueblo exige nada más que hombres del pueblo que trabajen para el pueblo, no para ellos.

En esto se distinguen los ambiciosos: en que trabajan para ellos; nada más que para ellos.

Nunca buscan la felicidad del pueblo; siempre buscan más bien su propia vanidad y enriquecerse pronto. El dinero, el poder y los honores son las tres grandes ‘causas’, los tres ‘ideales’ de todos los ambiciosos. No he conocido ningún ambicioso que no buscase algunas de estas tres cosas o las tres al mismo tiempo”.

Eva Perón

Fuente:

  • Perón, Eva. Mi Mensaje. Eva Perón, el testamento silenciado de Evita. Editorial Futuro. Bs. As. 1994.

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