JUAN D. PERÓN Y EL CIERRE DE LISTAS: “PROCEDER AL CAMBIO NO ES UNA OPCIÓN SINO UNA OBLIGACIÓN” ​

​Con el cierre de las listas que competirán en las próximas elecciones Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias (PASO) aparecieron nuevas conformaciones políticas, con alianzas y uniones de varias fuerzas y también con notorias desuniones. Sorprendió también la inclusión de algunos nombres ajenos a la faena electoral en lugares que les garantizan el acceso a las bancas por las que compiten. Algo así como un cambio de aire para responder al nuevo escenario y, sobre todo, a sus consecuencias.

​Hace casi medio siglo, desde su exilio en Madrid, Juan D. Perón escribió:

​“Las instituciones, como el pescado, suelen comenzar a podrirse por la cabeza. Las instituciones políticas como las sindicales, se articulan fundamentalmente en tres escalones diferentes, que respondiendo al principio orgánico que establece la necesidad de una concepción centralizada y una ejecución descentralizada, pueden realizar las diferentes funciones inherentes a su finalidad específica: la conducción, el encuadramiento y la masa.

Generalmente es en los dos primeros donde la descomposición puede cundir y, preferencialmente, en el escalón de la conducción, que es el más expuesto a su deterioro por el uso. Es allí donde los dirigentes ponen a prueba sus defectos y sus virtudes, porque las circunstancias de su accionar los destacan más objetivamente. Los que carecen de grandeza y desprendimiento poco tardan en aferrarse a los intereses personales o de círculo, lo que termina por hacerlos enemigos del conjunto; los que no tienen sensibilidad ni imaginación se pierden en los vericuetos del quehacer directivo, y los deshonestos, que hacen de su misión directiva el objeto de sus negocios personales, se comienzan a enterrar en el desprestigio. Todos ellos mueren en el camino, porque siempre la masa posee sus autodefensas. Solamente llegan al final los que poseen las verdaderas virtudes, que es lo único que califica positivamente a un dirigente político o sindical”.

​“(…) El síntoma más grosero de la descomposición es la disociación. Mediante ella las organizaciones pierden primero la unión y solidaridad necesarias para su cohesión, lo que las lleva paulatinamente a enfrentamientos parciales creados y mantenidos por intereses de círculo que, generalmente, son absolutamente contrarios a la misión de conjunto, porque suelen terminar en un divisionismo suicida, característico de la destrucción final de las organizaciones. Frente a un enemigo que no carezca de habilidad, es el más grave peligro, y entonces es preciso que las autodefensas existentes en la masa se pongan en marcha drásticamente, antes de que la infección se transforme en septicemia por la contaminación de la masa.

El único remedio consiste en la eliminación, por el medio que sea, de los que produzcan el mal, en este caso, los dirigentes de conducción que carecen de la grandeza, el desprendimiento o la honestidad indispensables, para lo cual es preciso echar mano en seguida al cambio generacional necesario. La juventud suele ser el mejor instrumento de regeneración y la que tiene el inalienable derecho de hacerla, porque, en último análisis será ella la que ha de sufrir las consecuencias. Pero es preciso que la juventud comprenda que en el cargo de dirigente nadie le va a regalar nada: ese derecho se gana. Si los que carecen de virtudes se eliminan por sus defectos, los que han de reemplazarlos solo pueden hacerlo si las poseen en grado de poder corregir los males que aquellos han producido.

​Las grandes crisis son indicadoras de la necesidad de los grandes cambios: cuando se notan los efectos de la descomposición, es indispensable que todos se empeñen en aplicar las medidas necesarias para neutralizarlos, pero no con aspirinas, sino empleando a fondo las formas quirúrgicas para eliminar definitivamente a los dirigentes que las produzcan. Solo una pueda tener la suficiente eficiencia para lograrlo, y ello llega cuando todos se persuaden de la necesidad de librarse de los enemigos de adentro, que son mucho más peligrosos que los enemigos de afuera. Es natural que estos dos enemigos deban luchar unidos subrepticiamente, lo que impone, en primer término, la propia unidad y solidaridad.

La masa con el remanente de dirigentes de la conducción que hayan mantenido la pureza de sus virtudes a través de la prueba que la conducción representa, conjuntamente con los dirigentes de encuadramiento que no hayan cedido a la acción destructora de los que se han podrido, son los responsables de que los cambios se realicen convenientemente. Generalmente, la organización, especialmente la masa, sabe claramente quién es quién. Proceder al cambio no es una opción, sino una obligación que todos tienen si realmente se interesan porque la organización sobreviva.

Desentenderse egoístamente del deber de la hora es perder toda posibilidad de futuro y entonces es cuando se justifica la afirmación de que ´La masa tiene los dirigentes que se merece´”.

 

Fuente:

– Perón, Juan D. La Hora de los Pueblos. Latinoamérica, ahora o nunca. Instituto Nacional Juan D. Perón. Buenos Aires. 2008.

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