LA DEFECCIÓN DE TEISAIRE: “LA PALABRA ‘ASCO’ TIENE AHORA NOMBRE Y APELLIDO”

Tras la privación de la libertad sin el debido proceso del ex ministro Julio De Vido y del ex vicepresidente Amado Boudou y también frente a la persecución judicial a la ex presidenta Cristina F. de Kirchner, llama la atención el silencio de muchos dirigentes que, al igual que los detenidos, fueron sus funcionarios hasta el último día de su gobierno, y de otros que se alejaron apenas un par de años antes. Incluso algunos de ellos, candidatos en la última campaña electoral, centraron sus críticas en esa gestión que ellos mismos compartieron.

Producido el golpe de estado el 16 de septiembre de 1955, que puso fin al gobierno constitucional de Juan D. Perón, fueron detenidos sin proceso legisladores, dirigentes gremiales, militantes y empresarios peronistas. Otros lograron huir al exilio o refugiarse en alguna embajada. Pero hubo uno de ellos, el contralmirante Alberto Teisaire – senador nacional en 1946 y vicepresidente de la Nación desde 1954- quien se presentó espontáneamente ante el presidente de facto Eduardo Lonardi, y le ofreció hacer una declaración pública en contra de Perón con quien había compartido el poder en la segunda línea sucesoria de la Presidencia hasta el final. La declaración fue grabada el 4 de octubre, es decir, 18 días después del golpe, y luego difundida en los cines antes de la proyección de las películas.

Una semana después, el ex diputado John W. Cooke quien al poco tiempo fue detenido, escribió en la revista De Frente, que todavía dirigía, un comentario bajo el título La palabra “asco” tiene ahora nombre y apellido: “Vamos a asistir en el (cine) Trocadero a uno de los ejemplos más cabales de indignidad a que puede llegar un hombre cuando carece de moral y de carácter. El infeliz, como el personaje de Florencio Sánchez, es un muerto que camina y va apestando la tierra con su podredumbre moral”.

Estos son algunos fragmentos de la declaración de Teisaire:

“La conducta de Perón como gobernante, su deslealtad para los que en él creyeron, su cobarde y vergonzosa deserción frente al adversario, abandonando al gobierno y a sus colaboradores (y no digo a sus amigos, porque jamás abrigó sentimientos de amistad para nadie), me habilitan para la actitud que asumo. No tengo por qué guardar consideraciones para quien no las tuvo con nadie, ni aún con el país, de cuyos destinos dispuso a su antojo.

Algunos podrán preguntarse cómo fue que advirtiendo a mí alrededor tanta podredumbre moral e infamia no acusase en su momento al responsable directo de ese estado de cosas. Pero el sistema creado por Perón cerraba toda posibilidad de rebeldía, a crítica o disentimiento para los que no comulgaban incondicionalmente con sus ideas y sus planes. Porque quien lo hiciera, quien se atreviese a levantar su voz contra las directivas impuestas o servirlas con tibieza, era instantáneamente marcado como traidor vendepatria u otras infamias por el estilo y perseguido en todos los terrenos juntamente con toda su familia. No importa que el disidente tuviese un prontuario limpio: no importa que su vida pública y privada resplandecieran de honor y pureza. Presentar las cosas al revés fabricando las pruebas difamatorias para demostrar que el ´alzado´ era un delincuente, un corrompido, un traidor, era cosa fácil en un régimen sin escrúpulos ni conciencia. Adviértase que no sólo estaba en juego el riesgo físico, que cualquier hombre que se precie de tal afronta con entereza, no, era algo mucho más grave y tremendo: era quedar expuesto a la cárcel y el deshonor, y desencadenar la persecución más despiadada sobre amigos y familiares. El dar, pues, un paso así, comprometía la libertad, el honor y los bienes propios y familiares.

(…) Por los conceptos que dejo expuestos es que, al hacerse cargo de la presidencia de la Nación el señor general don Eduardo Lonardi, en la Capital Federal, me presenté voluntariamente para ponerme a sus órdenes y ser sometido –si así lo estimara conveniente el nuevo gobierno- a la investigación que se deseara realizar sobre mis actos, ya que no tenía nada que ocultar.

(…) Frente al silencio y la deserción de Perón considero que hablar es para mí un deber inexcusable. No eludo ninguna responsabilidad, ni busco atenuar las que puedan alcanzarme. Pero tampoco eludiré manifestar la verdad, aunque las cosas que se digan resulten duras y amargas.

Para someter al pueblo, las instituciones y los hombres a su arbitrio, Perón creó e impuso –valido de su preponderancia de jefe de Estado- un sistema que está calcado de los peores regímenes totalitarios, organizando un aparato de represión de alcances inauditos. Es decir, que fingiendo ideales democráticos y bajo la apariencia de una estructura democrática, construyó un sistema de dominación personal que no tiene precedentes. La verdad es que Perón no compartió el poder con nadie y, por lo tanto, las responsabilidades de su gobierno son exclusivamente suyas y de los que puedan haberse prestado –por sumisión, ignorancia o complicidad- a fraudes o dolos administrativos.

(…) Mucha gente humilde y de buena fe creyó en su lealtad hacia el pueblo, en su sinceridad, en su honradez. Es a esa gente a la que me dirijo para advertirles del error en que vivían, de la mentira en que creyeron, del engaño de que han sido víctimas. Algunos ya lo saben, lo han permitido a través de su fuga, de su traición cuando estábamos en medio de la batalla, defendiéndolo a él a costa de nuestra reputación y de nuestras vidas. Pero todavía puede haber quienes duden, porque la comedia ha durado varios años, y en tan largo plazo cualquier mito, cualquier cuento, prende en el espíritu siempre crédulo e inocente del pueblo. (…) Los permisos de importación y de exportación, por ejemplo, estaban casi exclusivamente en manos de un monopolio de tres personas: Jorge Antonio, Tricerri y Amar, cuya investigación conducirá sin duda alguna al verdadero culpable, a través de un intrincado dédalo de complicidades concordantes y coincidentes. También se premiaba con permisos de exportación a gente totalmente ajena al comercio y la industria: actores o actrices; deportistas y paniaguados del ex presidente, que recibían esas órdenes en pago de sus elogios a Perón, revendiéndolas a los verdaderos interesados, que debían luego recargar los precios de sus mercaderías para resarcirse de los gastos en perjuicio del consumidor.

(…) No he de terminar estas palabras sin formular un llamado de advertencia a aquellos espíritus fanáticos que se empeñan aún en seguir aferrados a un ídolo. A ellos deseo dirigirme, especialmente, para que luego de estas palabras mediten, reflexionen y arriben a la conclusión de que nada puede ser superior a la patria misma y que todos los argentinos como exponentes de una ciudadanía sana, deben extraer de esta dura lección la firme decisión de mirar hacia el futuro feliz de la Nación sin idolatrías de ninguna especie.

Finalmente, estas declaraciones involucran mi renuncia a formar parte del Partido Peronista, renuncia que ha sido enviada por la vía correspondiente”.

Ninguna de las denuncias de Teisaire pudieron ser probadas y de nada le valió el bochorno. Fue juzgado, privado del grado y del uso de uniforme y permaneció encarcelado en la isla Martín García hasta 1958. Murió de una enfermedad terminal en 1963 olvidado por todos. Perón, luego de 18 años de exilio, regresó a la Argentina y fue elegido presidente por tercera vez por el 62% de los votos.

Fuentes:

  • Libro Negro de la Segunda Tiranía. Decreto Ley 14.988/56. Bs. As. 1958.
  • Bosoer, Fabián. Detrás de Perón. Historia y leyenda del almirante Teisaire. Capital Intelectual. Bs. As. 2013

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