LAS CALUMNIAS EN CONTRA DE SAN MARTÍN

El 17 de agosto se cumplirán 167 años del fallecimiento del general San Martín en Boulogne Sur Mer, Francia. Hacía 26 años que San Martín había abandonado la Argentina y sus sueños de pasar una vejez tranquila, dedicado a la agricultura en su chacra de Mendoza, cuando el 17 de agosto de 1850 lo encontró la muerte. Tenía entonces 72 años.

San Martín actuó nada más que 12 años en la Argentina. Desde pequeño se había ido a España junto a su familia, donde recibió formación militar, y regresó a Buenos Aires en 1812 con el grado de Teniente Coronel del ejército español. Las autoridades argentinas le reconocieron su grado militar y le pidieron que formara el Regimiento de Granaderos a Caballo. Él lo hizo, condujo la guerra contra los españoles, liberó a tres países: Argentina, Chile y Perú, y luego pretendió retirarse a vivir en paz. Pero no lo dejaron, y en 1824 partió hacia Europa.

Tres años después de ese viaje, él mismo cuenta la razón por la que se alejó del país, en una carta escrita desde Bruselas al general Bernardo de O’Higgins, con quien había compartido la gesta de liberar a Chile: “Confinado en mi hacienda en Mendoza, y sin más relaciones que con algunos vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar a la desconfiada administración de Buenos Aires: ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería, los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etc. etc. etc. En fin, yo vi claramente que era imposible vivir tranquilo en mi Patria hasta que la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta incertidumbre fue la que me decidió pasar a Europa”.

El enfrentamiento con Bernardino Rivadavia, entonces ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, se trasladó a la prensa. Por eso, San Martín escribió respecto del periódico El Centinela: “Sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro. Entonces fue que se me manifestó una verdad que no había previsto. Esa verdad es que yo había figurado demasiado en la revolución para que me dejasen vivir con tranquilidad”.

O’Higgins, quien sufría idéntica persecución, confirmó su pensamiento al contestarle: “No admiro tanto el tesón con que la facción, la ambición y la demagogia nos persiguen sin cesar, como la inaudita ingratitud de casi todos aquellos que, además de sacarlos del afrentoso yugo español, deben a nuestros sacrificios y a nuestros extraordinarios esfuerzos una existencia y una dicha de que gozan, sin permitirnos ni siquiera el reposo debido a nuestro carácter y a nuestra benevolencia. ¡Qué detestable y espantosa ferocidad!”.

Y enseguida agregó una reflexión que se extiende hasta el presente: “¿Qué ciudadano animoso y magnánimo querrá ejercer benevolencia en servir a la Patria, cuando en nuestro ejemplo temerá, con razón, que el pago de su generosidad sea la misma negra ingratitud e implacable odio? “. Y como una suerte de ruego pide fuerzas para poder conservar “la fortaleza, la generosidad, benevolencia y liberalidad de nuestros principios, para adquirir nuevos derechos contra la perfidia y envidia de nuestros enemigos. Ejerzan enhorabuena su rabia inquisitorial en nuestras correspondencias privadas, que ellos no encontrarán otra materia más que la misma firmeza y honradez, que no han podido contradecir, de nuestra vida pública”.

Refiriéndose a Rivadavia, O’Higgins señala: “Hasta la evidencia se podría asegurar que las ocho o diez cartas que veo por su apreciable del 29 de septiembre del año pasado, se han escamoteado como las que he escrito a usted paran en poder del hombre más criminal que ha producido el pueblo argentino. Un enemigo tan feroz de los patriotas como don Bernardino Rivadavia estaba deparado, por arcanos más oscuros que el carbón, para humillarlos y para la degradación en que su desastrosa administración ha dejado a un pueblo generoso que fue la admiración y la baliza de las repúblicas de la América del Sud”.

“Este hombre despreciable —continuó— no sólo ha ejercido su envidia y encono en contra de usted, no quedaba satisfecha su rabia; y acudiendo a una guerra de zapa, quiso minarme en el retiro de este desierto, donde por huir de ingratos, busco mi subsistencia y la de mi familia con el sudor de mi frente. Yo nunca lo conocí personalmente y él sólo me conoce por mis servicios a la Patria, y me escribieron desde Buenos Aires que por disposición del gobierno se dieron los artículos asquerosos que aparecieron en los periódicos contra nuestra honradez y reputación”.

San Martín le responde: “Yo había calculado que el desarrollo de las pasiones se experimentaría al concluirse la guerra de la emancipación: eso iba a suceder vistos los elementos que componen la masa de nuestra población en atraso, huérfanos de leyes fundamentales, a los que hay que agregar los enconos individuales y locales”.

Y por último, sentencia: “Estos males se hubieran remediado, si los hombres que han podido influir se hubieran convencido de que para defender la causa de la independencia no se necesita otra cosa que un orgullo nacional, que lo tienen hasta los más estúpidos salvajes. Pero para defender la libertad y sus derechos se necesitan ciudadanos, no de café, sino de instrucción, de elevación de alma y por consiguiente, capaces de sentir el valor de los bienes que proporciona un gobierno representativo. Porque el mejor gobierno no es el más liberal en sus declaraciones sino aquel que hace la felicidad de los que le obedecen”.

Debieron pasar 27 años desde su muerte hasta que se formó una Comisión Pro Repatriación de los restos de San Martín, y debieron pasar otros tres más hasta que en 1880 pudieron descansar en la Catedral de Buenos Aires.

Fuente:

  • O’Donnel, Pacho y Martínez Baeza, Sergio. O’Higgins y San Martín. Sus cartas: Un mandato de fraternidad. Corporación América. Instituto Chileno Sanmartiniano. Santiago – Buenos Aires. 2010.

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