PARO DE CHOFERES: ¿OTRO CORDOBAZO?

Hace ocho días que la ciudad de Córdoba está paralizada por la huelga de choferes de colectivos, quienes rechazaron el aumento salarial del 21% acordado por la Unión Tranviarios Automotor (UTA) a nivel nacional, y en reclamo por la reincorporación de los 80 trabajadores despedidos. La Regional provincial de la CGT convocó a los gremios a movilizarse a la sede de la UTA y la tensión crece con la militarización progresiva del conflicto por parte de los gobiernos municipal, provincial y nacional.

El intendente de Córdoba, Ramón Mestre —radical aliado del gobierno de Cambiemos—, convocó a los dueños de colectivos y contrató choferes para conducir unos 160 coches que comenzaron a circular hoy con dos efectivos de Gendarmería, de la Policía Federal y de la Provincial a bordo de cada uno. Ayer, Mestre dio una conferencia de prensa en la que acusó a los huelguistas de “violentos que pretenden crear el caos en la ciudad” y provocar “otro Cordobazo”.

Hace 48 años, el 29 de mayo de 1969 estalló el “Cordobazo”, una de las mayores revueltas populares ocurridas en la Argentina, en la que obreros, estudiantes y vecinos salieron a las calles para protestar en contra del régimen del teniente general Juan Carlos Onganía que hacía tres años gobernaba el país. En verdad, protestaban en contra de las políticas aplicadas desde 1955, luego del derrocamiento del presidente constitucional Juan Domingo Perón, y que se sucedieron aún en los interregnos de dos gobiernos pseudo democráticos; el de Arturo Frondizi y el de Arturo Illia, elegidos con el peronismo proscripto y también derrocados por golpes cívico-militares.

Con Onganía había llegado al ministerio de Economía Adalbert Krieger Vasena, quien aplicó un plan económico que consistió en un 40% de devaluación del peso, el congelamiento de salarios, la apertura económica bajando los aranceles aduaneros y el apoyo a la inversión extranjera. La libre importación provocó el cierre de centenares de empresas de capitales nacionales con la consiguiente desocupación. La CGT, bajo la influencia de Augusto T. Vandor, tomó una postura de diálogo con la dictadura, lo que provocó que los sectores más combativos crearan la CGT de los Argentinos con la conducción de Raimundo Ongaro, la que implementó un plan de lucha para enfrentar a las políticas del gobierno.

Todo comenzó quince días antes, en la provincia de Corrientes, después de que la policía matara a un estudiante durante una manifestación contra el aumento de precios en los comedores universitarios.

Durante las semanas siguientes y en repudio de aquella muerte, se multiplicaron las protestas en todo el país, al tiempo que las fuerzas de seguridad continuaban reprimiendo. Se levantó Tucumán y La Plata. En Rosario fue asesinado otro estudiante y la ciudad entera salió a la calle para expresar su reprobación con una marcha de silencio en la que perdió la vida otro joven de quince años.

Es que más allá de los reclamos puntuales, el pueblo se rebelaba en contra del general Onganía y su “Revolución Argentina” que desde 1966, luego de derrocar al gobierno constitucional de Arturo Illia, había disuelto los partidos políticos e intervino las universidades, además de establecer una rígida censura porque, según él mismo afirmaba, había que restablecer la moral en el país.

Pero fue en Córdoba donde el conflicto adquirió mayor envergadura con el apoyo de la numerosa población estudiantil y de los sindicatos combativos de la CGT de los Argentinos, liderada en la provincia por el gremialista de Luz y Fuerza, Agustín Tosco.

El 19 de mayo, ante el aumento de la protesta, el rector de la Universidad de Córdoba dispuso la suspensión temporaria de las clases. Tres días después, durante un acto universitario, un estudiante fue gravemente herido tras recibir el impacto de una granada de gas. El clima de violencia se fue haciendo cada vez más espeso, y el 26 de mayo cientos de estudiantes tomaron el Barrio Clínicas donde levantaron barricadas, se enfrentaron con la policía y cortaron el suministro eléctrico a la zona.

Al día siguiente, el secretario general de la CGT de los Argentinos, Raimundo Ongaro, fue detenido ni bien descendió del avión en el aeropuerto de Pajas Blancas, y los sindicatos cordobeses decretaron un paro provincial para el 29.

Esa jornada se inició a media mañana cuando los obreros del cinturón industrial de Córdoba comenzaron su marcha hacia el centro, al tiempo que los comercios cerraban sus puertas y el transporte se paralizaba. El vecindario aplaudía a los manifestantes y en la ciudad se vivía un clima casi festivo. Pero al mediodía se registraron los primeros enfrentamientos con la policía cuando la columna del Sindicato de Mecánicos del Transporte Automotor intentó situarse frente a la Casa de Gobierno. Por la tarde ya había muertos y heridos. La gente se atrincheró en barricadas y encendió fogatas para disipar los gases lacrimógenos, se destruyeron comercios y se incendiaron automóviles y colectivos.

La policía se replegó y las autoridades cordobesas reclamaron desesperadamente a Buenos Aires la orden de intervención del Ejército. Recién por la tarde, los soldados iniciaron su avance con vehículos blindados y en algunos casos a pie. Al anochecer del día siguiente los principales focos insurrectos habían desaparecido y el saldo de los combates callejeros fue de decenas de muertos y centenares de heridos.

El gobierno nacional intentó convencer a la opinión pública de que el conflicto había sido provocado  por un complot extremista. Pero más allá que en el Cordobazo habían actuado los entonces incipientes grupos guerrilleros, el problema era que el país entero reclamaba el fin de la dictadura y aquella revuelta popular marcó el inicio del ocaso del gobierno de Onganía que terminó de caer luego del secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu ocurrido exactamente un año después, el 29 de mayo de 1970, y que culminó con su ejecución.

La destitución de Onganía se produjo el 8 de junio de 1970, y fue sucedido por el general Roberto Marcelo Levingston por disposición de la Junta, luego reemplazado en 1971 por el general Alejandro Agustín Lanusse.

Habían pasado dos años desde que la revuelta estallara en Córdoba y la efervescencia, lejos de calmarse, fue en aumento. Se multiplicaron los paros en las fábricas y las asambleas estudiantiles, y en cada aniversario del Cordobazo la ciudad recordaba a los muertos caídos en aquella jornada.

Porque aquél 29 de mayo de 1969, el pueblo cordobés decidió salir a la calle para levantar su voz en contra las políticas económicas que desde 1955, siguiendo las instrucciones del Fondo Monetario Internacional, habían traído hambre y desocupación a la Argentina, y en contra del autoritarismo que insistía en mantener al peronismo proscripto con la esperanza de hacerlo desaparecer.

 

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