SAN CAYETANO: DANOS PAN, PAZ, TECHO Y TRABAJO

Una multitud se congrega cada 7 de agosto en el santuario de Liniers, en la ciudad de Buenos Aires, para agradecer y pedir a San Cayetano. Este año el ritual se convirtió en marcha de reclamo de organizaciones sociales y sindicales que le piden al santo Pan, Paz, Techo y Trabajo y que le exigen al gobierno nacional que tome medidas para detener la angustia de miles de familias que han quedado sin trabajo y las que lo tienen no pueden abastecer las necesidades básicas de sus hijos.

Pero ¿quién fue San Cayetano y por qué se lo venera el 7 de agosto? Porque en esa fecha de 1547 murió en Nápoles, Italia, Gaetano de Thiene,  el noble de Vicenza, que en 1506 abandonó su banca de senador y los privilegios de su clase para iniciar sus estudios sacerdotales. Este noble, no es más que San Cayetano, el santo que cada año, reúne en la Argentina a miles y miles de fieles que llegan hasta su Santuario de Liniers para pedirle paz, pan, techo y trabajo.

Tras su muerte Gaetano se transformó en San Cayetano en 1671 cuando fue canonizado por el Papa Pablo IV.

¿Pero cómo llegó a la Argentina la devoción de este santo europeo, que tan poco tenía que ver con nosotros? Se la debemos a una de las tantas mujeres olvidadas de nuestra historia: María Antonia de la Paz y Figueroa, la fundadora de la Casa de Ejercicios Espirituales que todavía existe en la avenida Independencia 1190, y que es monumento histórico de la ciudad de Buenos Aires.

Igual que San Cayetano, María Antonia era hija de una familia adinerada. Había nacido en Silícica, Santiago del Estero, en 1730, hija de Andrea de Figueroa y de Francisco Solano de Paz y Figueroa, encomendero y hacendado, de quienes heredó una considerable fortuna que puso al servicio de la misión que ella misma se impuso.

Cuando en 1767 el rey Carlos III decidió la expulsión de los jesuitas de España, América y Filipinas, más de de cuatrocientos sacerdotes distribuidos en todo el Virreynato fueron detenidos y conducidos a Buenos Aires para su destierro. Tras su partida, muchos de los ministerios que administraban quedaron interrumpidos, entre ellos los ejercicios espirituales.

María Antonia era una estrecha colaboradora de los jesuitas. Durante muchos años los ayudó con sus obras piadosas y se convirtió en beata, como entonces llamaban a las mujeres de vida consagrada fuera de los conventos. Una carta de un sacerdote de la época da cuenta del estilo de vida de las beatas: “Hacen voto de castidad, visten sotana negra con toca y manto de Anascote, viven en sus casas con grande ejemplo y comulgan dos veces por semana en nuestra iglesia y son las personas más nobles y ejemplares de la ciudad”.

Ella se propuso continuar con los ejercicios espirituales que esa orden ya no podía realizar. Con la ayuda de los frailes mercedarios y de otras mujeres de su provincia logró reestablecerlos en su ciudad. El éxito que obtuvo la alentó a llevar los Ejercicios a Catamarca y a La Rioja. Las distancias y los escasos medios de transporte no fueron impedimento para  que recorriera kilómetros a lomo de mula y a pie, cuando no podía conseguir los animales.

La siguiente meta fue Buenos Aires a donde llegó en septiembre de 1779 acompañada de dos parientas y dos criadas, en tiempos en que gobernaba el virrey Vertíz. Como había hecho en su provincia, convocó a los más prestigiosos sacerdotes y, de a poco, la concurrencia comenzó a aumentar hasta que logró reunir a las más encumbradas personalidades porteñas, quienes no solo no querían perderse sus Ejercicios sino que, además, acudían a consultarla sobre las más diversas cuestiones.

Una vez instalados los Ejercicios en la ciudad, y cuando cualquier otro se hubiera dado por satisfecho, la beata Paz y Figueroa decidió llevarlos hasta Colonia y Montevideo. Tres años trabajó en la Banda Oriental, como entonces se llamaba al actual Uruguay, hasta que pudo dejarlos establecidos.

De regreso en Buenos Aires, una nueva empresa comenzó a desvelarla: conseguir una casa propia donde impartirlos. En 1795, consiguió la donación de unos terrenos y presentó los planos en el Cabildo para su construcción.

Falleció el 7 de marzo de 1779, y poco después la Compañía de Jesús recopiló la correspondencia que ella mantuvo con los sacerdotes expulsados, residentes en Europa. Sus cartas alcanzaron fama entre los jesuitas quienes las hacían circular en copias por los conventos de Italia, Viena y San Petesburgo, y no faltó quien llegara a compararla con Santa Teresa de Avila.

A través de esa correspondencia conoció la devoción a San Cayetano, y la impuso en el actual territorio argentino. Hoy, aunque muy pocos saben que María Antonia de la Paz y Figueroa existió, miles de argentinos veneran al santo en el templo de Liniers en la ciudad de Buenos Aires, repitiendo cada año el gesto de su primera devota en estas tierras.

Este 7 de agosto, el ruego desde la Argentina se hace más fuerte para que San Cayetano nos de Pan, Paz, Tierra, Techo y Trabajo, y para que quienes nos gobiernan detengan las políticas que provocan angustia y dolor en miles de familias trabajadoras.  

 

Fuente:

 

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *