SANTIAGO MALDONADO: APARICIÓN CON VIDA

 

Hace casi una semana que Santiago Maldonado está desaparecido, luego de que la Gendarmería Nacional lo detuviera el 1 de agosto pasado luego de una brutal represión contra la comunidad mapuche en la Lof de Cushamen, en la provincia de Chubut. El martes pasado, durante una protesta de esa comunidad en la que participaba Santiago, un centenar de efectivos de la Gendarmería irrumpió a tiros, reprimió a las familias y quemó las instalaciones de la comunidad, según el relato de testigos.

Por su parte, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, sostuvo que “no hay ningún indicio” de que la Gendarmería esté involucrada en la desaparición del joven de 27 años y que “tampoco tenemos indicios de que Santiago haya estado en el lugar porque todas las personas estaban encapuchadas”. Agregó además que “tuvimos dificultades para entrar al lugar porque la comunidad mapuche no los dejó entrar” y que el operativo “efectivamente existió” y fue ordenado por el juez “frente a una serie de hechos de violencia extrema en el sur”.             La comunidad mapuche  mantiene su reclamo por la permanencia en los terrenos que fueron comprados por la Compañía Tierras del Sud de la empresa Benetton.

El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) solicitó al Comité contra las Desapariciones Forzadas de la Organización de las Naciones Unidas “una acción urgente para que el Estado Argentino tome de manera inmediata todas las medidas necesarias para buscar y localizar a Santiago Maldonado”.

Hace 37 años, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas escribió en el prólogo de su informe Nunca Más estos párrafos que convienen recordar:

“Con la técnica de la desaparición y sus consecuencias, todos los principios éticos que las grandes religiones y las más elevadas filosofías erigieron a lo largo de milenios de sufrimientos y calamidades fueron pisoteados y bárbaramente desconocidos.

Son muchísimos los pronunciamientos sobre los sagrados derechos de la persona a través de la historia y, en nuestro tiempo, desde los que consagró la Revolución Francesa hasta los estipulados en las Cartas Universales de Derechos Humanos y en las grandes encíclicas de este siglo. Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aún en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria.

(…) De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desparecidos. Palabra -¡triste privilegio argentino!- que hoy se escribe en castellano en todas la prensa del mundo.

Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a esos interrogantes: las autoridades no habían oído hablar de ellos, las cárceles no los tenían en sus celdas, la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían por contestación el silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inútiles, de ruegos a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa.

En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: “Por algo será”, se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos sin embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados por aquel abismo sin fondo sin ser culpable de nada; porque la lucha contra los ´subversivos´, con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epíteto de subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible. En el delirio semántico, encabezado por calificaciones como ´marxismo-leninismo´, ´apátridas´, ´materialistas y ateos´, ´enemigos de los valores occidentales y cristianos´, todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución social hasta adolescentes sensibles que iban a villas-miseria para ayudar a sus moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esos amigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores.

Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos, privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicios infernales, ignorante de su destino mediato o inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas; seres que sin embargo no eran cosas, sino que conservaban atributos de la criatura humana: la sensibilidad para el tormento, la memoria de su madre o de su hijo o de su  mujer, la infinita vergüenza de la violación en público; seres no sólo poseídos por esa infinita angustia y ese supremo pavor, sino, y quizá por eso mismo, guardando en algún rincón de su alma alguna descabellada esperanza.

(…) Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el período que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado”.

                        Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP)

Buenos Aires, septiembre de 1984.

Fuentes:

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