“SI NOS LLEVAN LOS DIABLOS, QUE NO SEA POR FALTA DE PROTESTA”

El despido del periodista y locutor Víctor Hugo Morales de la señal C5N —porque su mirada era “irreconciliable con la nueva línea del canal”— se suma a una larga lista de sucesos que ponen en duda que las garantías constitucionales sigan vigentes en la Argentina: la prisión de Milagro Sala y sus compañeros de la Túpac Amaru denunciada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la represión a los Mapuches que terminó con la muerte de Santiago Maldonado aún no esclarecida, la detención sin indagatoria previa al exministro Julio De Vido y al ex vicepresidente Amado Boudou, el despido del periodista Roberto Navarro por similares razones a las esgrimidas ante Morales, la presión a medios de comunicación críticos al gobierno por medio de la supresión de la pauta oficial y el despido de tres mil periodistas de diversos medios, son algunos de los hechos producidos en estos dos años.

Hace más de un siglo y medio, Bartolomé Mitre accedió al poder luego de un dudoso triunfo en la Batalla de Pavón (1861). Para imponer su política agroexportadora al resto de las provincias —además de la represión a los caudillos que resistían ante ese modelo—, se dedicó a la anulación de la prensa periódica favorable al Partido Federal y a reemplazarla por publicaciones con apoyo estatal favorable a su Partido Nacional.

Fue en este marco que en 1866, Mitre ordenó la detención de Carlos Guido y Spano —hijo de Tomás Guido, el estrecho colaborador y amigo del general José de San Martín— y la clausura de La América, el periódico en el que se publicaba El Gobierno y la Alianza, una serie de artículos en los que el escritor denunciaba el unitarismo de Mitre, su política de endeudamiento y su postura antilatinoamericana.

Cuando recobró la libertad, escribió este artículo titulado Las Hazañas del Gobierno, que merece ser leído con mucha atención en el actual contexto:

“El acto del gobierno que a ciegas me ha envuelto, atentatorio de la libertad individual, después de sus proclamas de liberalismo y tolerancia, abona más que la firmeza y la honradez de sus miembros, su absurdidad y su perfidia. Ellos han olvidado deplorablemente, en mengua de su fama, de la autoridad que invisten y del país, que ‘entre la vida civilizada es Cicerón quien lo dice y la vida salvaje, la diferencia es la del derecho a la fuerza’. Siguen la vieja rutina que tanto nos humilla, de los mandones irresponsables y de los desafueros oficiales. No saben gobernar sino a palos.

Tenemos una Constitución, —¿qué importa?— la deidad está cubierta por ahora con el velo que le echaron encima los menguados satélites de un despotismo hipócrita. Sus amantes no podrán de su protección y sus caricias. Así lo han decretado los oráculos encargados por los dioses de vaticinar nuestra dicha. Por lo visto en su fatuidad, cuenta con la mansedumbre del pueblo, aparentemente abatido por espectáculo de sus miserias, para continuar en su tarea de políticos decidores de la buena ventura, haciéndonos pagar a precio de lágrimas y sangre sus predicciones embusteras. Quieren, a todo trance, sustituir el respeto que no inspiran por el vasallaje de la conciencia amedrentada.

¿Lo conseguirán? ¿Buenos Aires inclinará la cerviz sufriendo humildemente el vejamen de ver suspendidas sin limitación las garantías de sus habitantes, a merced hoy de los caprichos de una autoridad desprestigiada? El caso es que la tormenta arrecia, que la barca zozobra. La corriente nos lleva al precipicio. Nadie duerma, porque si queremos salvarnos, ¡alerta! Y reme cada cual según su energía y vigor. Si nos llevan los diablos, que no sea por falta de protesta. Naufragamos como gente decente y como cobardes patanes. Seamos hombres, seamos consecuentes con los sanos principios democráticos en que nos hemos educado. Despreciemos cuando menos a los ambiciosos, a los perversos, a los aduladores. No queremos incienso sino a Dios. Yo, el más humilde de los ciudadanos, declaro que no amo, no respeto, no me inclino sino ante la justicia y la verdad.

¿Se habrá querido por ventura intimidarme? ¿Seré yo congresal? ¡Vaya una peregrina ocurrencia! (…) ¿Qué delito he cometido para que me llevasen a la cárcel como si fuera un malhechor? ¿Será porque escribí hace tres meses el citado opúsculo atacando la política que nos avergüenza y nos arruina? Pues apresuraos de nuevo a prenderme, porque si bien apartado de los negocios públicos y aislado de la sociedad, lejos de cambiar de opinión respecto de los hombres, de las cosas de nuestro país, esta se corrobora más todavía en presencia de los hechos luctuosos que tienen sumida en la consternación a la República. Sepamos por vuestra boca, señores mandarines chinescos, que en esta tierra, campo en mejores días de honrosos afanes, de altas aspiraciones, solo el silencio y la abyección son lícitos. Decidnos, si a tanto os atrevéis, que debemos cerrar los ojos como un hato de imbéciles ante la traición a los principios republicanos, ante la ambición estúpida y sombría que todo lo sacrifica a su soberbia. Decidnos, si lo osáis, que el pueblo argentino mudo y de rodillas ante ídolos de barro, debe vivir eternamente condenado a la suerte de aquella divinidad antigua de los escandinavos, condenada a vivir en el dolor y en la miseria.

Para evitar tan oprobioso destino, es que debemos estar prevenidos los hijos de esta noble y desgraciada tierra, donde los que suben arrastrándose a las cumbres del poder, no tardan en creerse autorizados a ejercer la tiranía en nombre de los más santos principios, extraviando el patriotismo de algunos, regimentando a su servicio a los ignorantes y a los explotadores de las desgracias públicas.

Defendamos nuestro derecho. Defendámoslo en todas partes y de todos modos. No abdiquemos jamás. Tengamos siempre en la memoria que un pueblo no es simplemente una congregación de individuos que no cuentan sino como entidades numéricas; que un pueblo no merece tal nombre si no puede considerársele ‘como una reunión de hombres cimentada por un pacto de justicia y una comunidad de intereses’. Lo que ofende a uno, ofende a todos. No consintamos que la ignorancia, la hipocresía ambiciosa o la maldad encorbatada se sienten bajo el solio augusto de la ley.

Colocándome bajo su égida, concurrí a ella en cuanto me vi atropellado por el poder que tiene la pretensión de hallarse facultado a violarla. Sosteniendo mi derecho, sostengo el derecho de todos. Cinco días he estado preso sin hacérseme saber el motivo, sin que se me haya interrogado, notificándoseme ayer tarde simplemente por un comisario, en su oficina, haber el gobierno ordenado mi soltura. Por manera que ignoro hasta ahora, las razones del gobierno para ordenar la violación de mi domicilio doméstico, que me vi obligado a abandonar en los momentos más críticos, cuando mi esposa, quien estando yo en un calabozo ha dado a luz un niño, se hallaba por su mal estado de salud en la situación más alarmante.

A continuación va el escrito que pasé al Juez Federal. Si como lo espero de su rectitud soy atendido en lo sustancial, esto es, en lo que se relaciona a la suspensión de estado de sitio inconstitucionalmente decretado; el Poder moderador, habrá quebrado en manos del Ejecutivo, esa arma peligrosa de las facultades extraordinarias suspendida siempre sobre nuestras cabezas, y nunca más terrible para las libertades públicas, que cuando sea manejada por hombres débiles y falsos. La fuerza sola, la verdadera fuerza puesta al servicio del derecho, tiene el instinto de la generosidad. Dios nos libre de unos cuantos dotados con facultades omnímodas.

Si lo que no quiero creer, el Poder Judicial se hiciese solidario de las infracciones que harían de la constitución un fantasma, y de la libertad una quimera, entonces no quedaría más remedio de que concentrarse cada cual en sí mismo, jurando sobre los escombros de la república ultrajada lavar algún día sus afrentas.

(…) ‘¡Aquí hay libertad!’, se proclamaba diariamente; ‘podéis hablar sin temor; la palabra se combate con la palabra; somos un pueblo civilizado y digno, donde la razón impera, se acata la justicia, y las razones se respetan’. ¿Era esto una verdad, o una red tendida a los patriotas orientales, que aún tuviesen aliento para maldecir a los traidores, de pie sobre la ruina de su patria? Os cubrís y nos cubrís de ignominia. El noble carácter argentino rechaza esas infames arterías. Habéis violado la ley, habéis violado la hospitalidad debida al extranjero, habéis violado la fe de vuestras promesas mentirosas. ¡Qué! ¿Tenéis miedo de la opinión sublevada por la voz de dos proscriptos, de los cuales el uno es casi adolescente? ¿Por ventura se os ha acabado el oro brasilero, que no podéis continuar asalariando a vuestros abogados serviles? ¿La marea sube tanto que os sintáis ahogar por la sangre de tantos argentinos valientes, víctimas de vuestros errores y de vuestras maldades? ¡Oh vilipendio!

Carlos Guido Spano

Buenos Aires, agosto 3 de 1866″.

Fuente:

  • Molocznik, Maximiliano. Hojas al Viento. Escritos políticos y militantes de Carlos Guido Spano. Ediciones Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche. Bs. As. 2016.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *