“TODO FUNCIONARIO JUSTICIALISTA ERA UN DELINCUENTE; TODO ACTO DE GOBIERNO, UN NEGOCIO SUCIO”

El encarcelamiento del ex vicepresidente Amado Bodou por presunto enriquecimiento ilícito en una causa en la que ni siquiera había sido citado para prestar declaración indagatoria, y la difusión de las imágenes de su detención, producida a las 7.30 de la mañana, en las que se ve al ex funcionario en su departamento, descalzo y en pijama, más la repetición hasta el cansancio en los canales de TV de su figura esposada ingresando a Comodoro Py, conducen a pensar que la decisión de enviarlo a prisión no estuvo inspirada solamente en un supuesto afán de justicia, sino que habría que sumar el deseo de venganza, revancha y disciplinamiento.

El historiador Félix Luna, a quien el derrocamiento de Juan D. Perón en 1955 lo encontró en las filas de quienes se alegraron por el golpe de estado, describe con mucha claridad en su libro De Perón a Lanusse 1943-1973 el sentimiento de venganza, revancha y disciplinamiento que se vivieron en esos días en el sector que él mismo integraba:

“La tarea que esperaba al gobierno de la Revolución Libertadora –como se definió poco después al régimen provisional encabezado por Lonardi- era titánica. Por de pronto debía encauzarse, ordenarse, la explosión de sentimientos antiperonistas que obviamente se manifestó después del triunfo. Muchos agravios, algunos reales, otros que no lo eran tanto, atropellos a los derechos personales, procedimientos que chocaban a la sensibilidad republicana tradicional del país, reclamaban reparación. Al mismo tiempo, la atmósfera represiva que había prevalecido durante diez años provocaba, por lógica reacción, una curiosidad a veces morbosa por descubrir el verdadero rostro del régimen caído. Había que dar satisfacciones, pero no debía ofenderse gratuitamente. Debían investigarse puntos oscuros que se referían a las fortunas malhabidas, irregularidades admnistrativas y abusos oficiales, pero tampoco podía caerse en la repetición de los mismos entuertos que querían repararse. Era, ciertamente, una tarea titánica, pero debía realizarse con una delicadeza suma y exigía de los nuevos gobernantes una dosis casi sobrehumana de equilibrio y moderación. Frente a estas evidencias y en el marco de grandes sectores populares que desconfiaban profundamente de los nuevos mandatarios, el gobierno de Lonardi, pese a la buena voluntad de éste, no parecía capaz de encuadrar un equipo que había sido apresuradamente recolectado en todo el espectro antiperonista, muchos de cuyos integrantes estaban presionados por un incontenible sentimiento de revancha y otros por un odio visceral contra todo lo que fuera popular.

(…) Es que Lonardi no podía detener el torrente antiperonista. Para quienes habían sufrido las gabelas del régimen depuesto, todo político o funcionario del período justicialista era un delincuente; todo acto de gobierno, un negocio sucio. Lonardi disolvió el Congreso Nacional e intervino todas las provincias; dejó cesantes a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y declaró en comisión a todo el Poder Judicial. Intervino las universidades y creó una Comisión Nacional de Investigaciones que empezó a operar con una indisimulada prevención contra los dirigentes del régimen depuesto. Gran número de jerarcas peronistas fueron detenidos; otros lograron refugiarse en embajadas extranjeras o salir del país. Ya se ve: pese a sus levantadas palabras, Lonardi debía aceptar que los vencedores ejercieran su victoria y se entregaran a las felicidades que les habían sido negadas durante una década…

Pero estas medidas resultaban tímidas, sin embargo, para una buena parte del antiperonismo. Fieles representantes de un ancien régime que ignoraba el paso del tiempo y las realizaciones positivas del justicialismo, veían con inquietud la subsistencia de una CGT controlada por peronistas y del partido que había sido oficial hasta poco antes y que no estaba formalmente disuelto. Creían indispensable poner en marcha una enérgica ´desperonización´ en todos los sectores donde sobrevivieran expresiones del régimen caído. Y aunque todos miraban con respeto la figura de Lonardi, no dejaban de desconfiar de su círculo íntimo: nacionalistas y ultracatólicos que parecían haber subido al carro democrático a último momento.

Quienes querían apresurar el desmonte de la estructura anterior –llamados gorilas por el gracejo popular-, suponían que el peronismo se componía de una mayoría de argentinos engañados y una minoría de delincuentes. Desaparecido Perón –inferíase-, desenmascarados sus paniaguados, evidenciada la corrompida realidad del régimen caído, aquella mayoría volvería a la sensatez política y tornaría a acampar pacíficamente en las tiendas de los partidos tradicionales… Pero la realidad era muy otra. Con todos sus errores, por encima de sus corruptelas, el régimen caído había promovido una conciencia que los trabajadores no estaban dispuestos a abdicar: a través del peronismo se sentían partícipes de las fuentes de decisión política y no pensaban declinar de la gravitación que habían asumido ni, mucho menos, dejar indefensas las conquistas de la clase trabajadora.

Mientras el país antiperonista se solazaba con las increíbles confesiones del ex vicepresidente de Perón y con la revelación de intimidades del presidente depuesto, los activistas de tercera línea –aquellos que antes de 1955 no habían gozado de permisos de importación ni habían desempeñado cargos importantes en el aparato sindical oficializado- se aprestaban a cubrir los puestos vacantes por deserción, prisión o exilio.

El 9 de noviembre renunció el ministro de Ejército de Lonardi. En su dimisión postulaba que “… salvo en el caso de los delincuentes, que deben ser castigados, debe privar la tolerancia para las ideas y sentimientos de los que no sean los nuestros”. La respuesta de Lonardi aceptando la renuncia de su ministro hacía suyos estos conceptos y ratificaba su compromiso de no reconocer vencedores y vencidos.

(…) El 12 de noviembre Lonardi creyó oportuno definir nuevamente su pensamiento. “No puede calificarse de antipatriotas –decía su mensaje- a los que prestaron su apoyo desinteresado a Perón. Y puntualizaba que en ningún momento trataría de dividir a la clase obrera “para entregarla con sus defensas debilitadas a las fluctuaciones de nuestra economía y nuestra política”.

(…) El 13 de noviembre, en horas de la tarde, luego de una tensa y nerviosa jornada, sin que Lonardi hubiera presentado formalmente su renuncia, asume la Presidencia Provisional de la Nación el general Pedro E. Aramburu. (…) Ahora se entraba en un ciclo definido por la existencia de vencedores y vencidos de una manera real y efectiva”.

Fuente:

  • Luna, Félix. De Perón a Lanusse 1943-1973. Editorial Planeta. Bs. As. 1973.

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