VIVA LA ALEGRÍA DEL CARNAVAL PORQUE “LOS PUEBLOS DEPRIMIDOS NO VENCEN”

Hace cinco años, en 2011, los días de Carnaval volvieron a ser feriados retomando una vieja tradición del país, después de más de tres décadas desde que la dictadura militar de 1976 decidiera eliminarlos.

Según algunos historiadores, los primeros carnavales en la humanidad se remontan a la antigua Sumeria, hace más de cinco mil años, pasando luego esta costumbre a Egipto y al Imperio Romano desde donde se difundió por Europa. A América llegó con los navegantes españoles y portugueses con la conquista en el siglo XV.  En estas tierras, incorporó elementos aborígenes precolombinos y de la cultura de los esclavos africanos sometidos por los conquistadores y colonizadores. De ahí, el carnaval de Oruro en Bolivia, el de Río de Janeiro en Brasil, el de Gualeguaychú, Corrientes o del de Salta y Jujuy en Argentina, entre otros.

La costumbre del Carnaval en el actual territorio argentino se remonta a los tiempos de la Colonia. Fue en 1791 que el entonces gobernador de Buenos Aires, y luego Virrey del Río de la Plata, Juan José Vértiz y Salcedo, autorizó los bailes de Carnaval en La Ranchería, la primera sala de teatro de la ciudad. En realidad, era una modesta construcción de paja y madera, creada para sostener con sus recaudaciones a la Casa de Expósitos, donde se alojaba a los niños huérfanos.

Cuando un medio día de febrero tronaba el cañón en el Fuerte de Buenos Aires, un grito de alegría atravesaba a la ciudad. Porque durante cuatro días, el disparate y la broma se adueñaban de sus calles coloniales. Con aquel disparo, quedaba claro que, en Buenos Aires, había comenzado el Carnaval.

Pero aquella inocente decisión de Vértiz, celebrada por el pueblo, desató un conflicto que llegó hasta el mismísimo rey de España. Todo comenzó cuando el 14 de febrero de 1773, en la iglesia de San Francisco, al cura José de Acosta se le ocurrió amenazar con la excomunión a quienes participaran de aquellas fiestas que calificó de “herejes”. El efecto fue inmediato: varias señoras se desmayaron en pleno templo, la sentencia se desparramó por la ciudad y el gobernador, furioso,  mandó al sacerdote de vuelta para España.

Lo que Vértiz no imaginó fue que el cura iría con el chisme al rey Carlos III quien, en diciembre de 1774, dictó una ordenanza por la que decretaba la suspensión de los bailes en La Ranchería. El rey dijo que había que terminar con “el escandaloso desarreglo de costumbres que el Carnaval había producido en la ciudad”.

Pero lo que desarreglaba la ciudad no eran los bailes, sino el juego de agua que comenzaba al mediodía. Las familias corrían a las azoteas donde habían almacenado tinas repletas de agua, huevos de cera, de gallina y hasta de avestruz, que arrojaban a los transeúntes.

En el siglo XIX, la alegría del pueblo por la independencia de España, también se trasladó al Carnaval, y cada año, en la Gaceta Mercantil se publicaban advertencias sobre la necesidad de evitar las burlas groseras y de comportarse más civilizadamente. La Policía, además, daba a conocer las penas para los infractores, que podían ser  desde ocho días hasta dos años de trabajos públicos. Pero era difícil hacer cumplir las disposiciones, porque los agentes policiales también participaban.

Es que todos jugaban: la policía, los hombres públicos y hasta los célebres guerreros de la Independencia como el general Manuel Dorrego, y el general Estanislao Soler.

En 1832, el gobernador Balcarce publicó un decreto en el que autorizaba el juego de agua con la debida moderación, pero prohibía el uso de máscaras.

Cuatro años después, un decreto del gobernador Juan Manuel de Rosas dispuso que en las casas en que se juegue desde las azoteas o ventanas, “deberá mantenerse la puerta de calle cerrada, y nadie podrá asaltar las casas ni forzar las puertas o ventanas o pasar de los umbrales para adentro, ni a pie ni a caballo”.

El intento fue inútil. Es que también Rosas jugaba al carnaval, y se cuenta que en 1836, el general Mansilla, luego héroe de la Vuelta de Obligado, apuntó al único diente de una de sus vecinas, en el preciso instante en que la señora se asomaba por la ventana. El resultado: el diente quedó colgando mientras la señora lloraba, y el general Mansilla fue calificado como “bandido”.

El 22 de febrero de 1844, Rosas dictó un decreto por el cual quedaba “abolido y prohibido para siempre el juego del carnaval”. Pero ese “para siempre” duró hasta su derrocamiento.

Durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento (1868-1874) otra vez se autorizaron los festejos del Carnaval y, dicen, que el mismo Presidente salió por las calles, sin custodia alguna, para celebrar la fiesta del Rey Momo. Fue, entonces, cuando se realizó en Buenos Aires el primer corso carnavalesco por la actual calle Hipólito Yrigoyen, entonces Victoria, entre Bernardo de Irigoyen y Luis Sáenz Peña, en aquel tiempo Buen Orden y Lorea. Al sonido de las bandurrias, violines, cornetas y guitarras, desfilaron las murgas “Los habitantes de la Luna”, “Salamanca”, “Los Tenorios”, entre otros.

Entre 1915 y 1930 abundaron los disfraces para el Carnaval. Se vestían de “Estatua de la libertad”, de “Payaso Noctámbulo”, de “Arco Iris”, de “Estrella”, de “Deshollinador”. Todas las revistas traían diseños y, en algunos casos, moldes para confeccionar los trajes. Los más exitosos eran los de “Pierrot”, “Dama Antigua” “Pirata” y “Fantasía”.

Cuando llegaba el Carnaval, todas las grandes tiendas ofrecían disfraces y objetos de cotillón, en algunos casos exclusivos. En la década de 1940, los chicos que leían el Billiken, quedaban seducidos por las publicidades de Casa Lamota, “donde se viste Carlota”, cuyos trajes de carnaval podían adquirirse por correo con la simple mención del título del aviso y de las medidas.

Después del golpe de Estado de 1976, la dictadura que se instauró en el país, junto con la libertad de los ciudadanos también conculcó la alegría. Por el Decreto 21.329, firmado por Jorge R. Videla, Julio Bardi y Albano Harguindeguy, se eliminaron los feriados del Carnaval hasta que en 2011 volvieron y está bueno celebrar, aún en medio de la incertidumbre y de la lucha por la pérdida de derechos. Porque, como decía Arturo Jauretche, “los pueblos deprimidos no vencen. (…) Nada grande se puede hacer con la tristeza”.

 

Fuentes:

  • Carretero, Andrés. Vida cotidiana en Buenos Aires. Tomos I, II y III. Editorial Planteta. Bs. As. 2000.
  • Quesada, Vicente. Memorias de un viejo. Ediciones Ciudad Argentina. Bs. As. 1998.
  • Rosasco, Eugenio. Color de Rosas. Editorial Sudamericana. Bs. As. 1992.

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